//Se oye un clamor a medianoche
Las vírgenes sus lámparas preparando están
todas las señales se han cumplido
indican que Cristo viene ya//
Se escucha la trompeta sonar
los cielos se abrirán
Jesús descenderá
Los muertos en Cristo resucitarán
Cuando suene la trompeta
Los muertos en Cristo resucitarán
Cuando suene la trompeta
la iglesia de Cristo al cielo subirá
Cuando suene la trompeta
Los cielos se abrirán
Jesús descenderá
Los muertos en Cristo resucitarán
//Se oye un clamor a medianoche
Las vírgenes sus lámparas preparando están
todas las señales se han cumplido
indican que Cristo viene ya//
//Se escucha la trompeta sonar
los cielos se abrirán
Jesús descenderá
Los muertos en Cristo resucitarán//
Cuando suene (cuando suene)
la trompeta (la trompeta)
Los muertos en Cristo resucitarán
Cuando suene (cuando suene)
la trompeta (la trompeta)
la iglesia de Cristo al cielo subirá
Cuando suene (cuando suene)
la trompeta (la trompeta)
La iglesia subirá con Cristo a morar
Cuando suene (cuando suene)
la trompeta (la trompeta)
Los muertos en Cristo resucitarán
Prepara tu lámpara la novia se va
viene el deseado a la iglesia a buscar
se oyen las trompetas sonando
la iglesia se está preparando
Cristo viene ya, la novia se va
los muertos en Cristo resucitarán
Cuando suene (cuando suene)
la trompeta (la trompeta)
La iglesia de Cristo al cielo subirá
Cuando suene (cuando suene)
la trompeta (la trompeta)
Los muertos en Cristo resucitarán
Cuando suene (cuando suene)
la trompeta (la trompeta)
Cuando suene la trompeta
Cuando suene (cuando suene)
la trompeta (la trompeta)
Cuando suene la trompeta
La trompeta sonará
La iglesia se va
La trompeta sonará
La iglesia se va
La trompeta sonará
ah ah ah
Cuando suene la trompeta: un llamado a vivir preparados para el regreso de Cristo
La esperanza del regreso de Jesucristo ocupa un lugar central en la fe cristiana. No se trata de una enseñanza secundaria ni de una idea diseñada solamente para despertar emoción. Es una promesa repetida en las Escrituras y una verdad que debe influir profundamente en la manera en que vivimos. Cristo vino una primera vez en humildad, entregó su vida en la cruz, resucitó victoriosamente y ascendió a los cielos. Antes de partir, aseguró a sus discípulos que volvería.
Hablar del sonido de la trompeta, de los cielos abiertos y de la resurrección de los creyentes dirige nuestra mirada hacia ese acontecimiento glorioso. Llegará un día en el que la historia humana alcanzará el punto establecido por Dios. Cristo aparecerá con poder y gloria, los muertos en Él serán levantados y su pueblo estará para siempre con el Señor. Para quienes pertenecen a Cristo, esta promesa es una fuente de consuelo, perseverancia y esperanza.
Sin embargo, la doctrina del regreso de Jesús también contiene una advertencia. La Biblia no nos llama únicamente a contemplar el futuro, sino a prepararnos en el presente. Esperar a Cristo no significa dedicarnos a realizar cálculos, establecer fechas o interpretar cada noticia como el cumplimiento definitivo de una profecía. Significa vivir despiertos espiritualmente, perseverar en la fe y procurar una vida santa mientras aguardamos a nuestro Señor.
El clamor a medianoche
La imagen de un clamor a medianoche recuerda inmediatamente la parábola de las diez vírgenes narrada por Jesús en Mateo 25. Diez jóvenes tomaron sus lámparas y salieron a recibir al esposo. Cinco eran prudentes y llevaron aceite adicional; las otras cinco fueron insensatas y no se prepararon adecuadamente. Como el esposo tardó, todas se quedaron dormidas. Entonces, a la medianoche, se escuchó el anuncio de que había llegado.
La diferencia entre ambos grupos no se hizo evidente al principio. Todas tenían lámparas, todas esperaban al esposo y todas se durmieron durante la demora. Pero cuando llegó el momento decisivo, solamente las prudentes estaban preparadas. Las insensatas descubrieron demasiado tarde que su preparación había sido superficial e insuficiente.
Esta parábola no fue dada para alimentar especulaciones, sino para advertirnos que la venida de Cristo será repentina y que no debemos aplazar nuestra preparación espiritual. No es suficiente parecer creyente, utilizar lenguaje cristiano o participar externamente en actividades religiosas. Debemos poseer una fe real, viva y perseverante.
El clamor de medianoche llegará cuando muchos no lo esperen. Jesús enseñó que nadie conoce el día ni la hora. Por eso, la preparación no puede dejarse para mañana. El evangelio exige una respuesta presente. Hoy es el tiempo de arrepentirse, creer en Cristo y caminar en obediencia. Quien siempre piensa que tendrá una oportunidad futura corre el peligro de descubrir que el tiempo terminó antes de lo esperado.
Preparar la lámpara
La lámpara representa visiblemente una profesión de fe, pero la parábola muestra que una lámpara sin aceite no puede mantener su luz. De manera similar, una apariencia cristiana sin una verdadera obra de gracia en el corazón no puede sostenerse hasta el final. Podemos impresionar a otras personas durante un tiempo, pero no podemos engañar a Dios.
Preparar la lámpara implica examinar nuestra relación con Cristo. ¿Estamos descansando únicamente en su obra para nuestra salvación o confiamos en nuestras propias obras? ¿Existe arrepentimiento genuino? ¿Amamos su Palabra? ¿Deseamos obedecerlo? ¿Hay frutos que demuestren que el Espíritu Santo está obrando en nosotros?
Estas preguntas no deben conducirnos a una obsesión enfermiza ni a confiar en nuestro desempeño. La salvación es por gracia, mediante la fe en Jesucristo. Sin embargo, la fe salvadora nunca permanece completamente estéril. Produce una nueva dirección en la vida, aunque el creyente todavía luche con debilidades y pecados.
La preparación tampoco consiste en alcanzar perfección absoluta antes del regreso del Señor. Ningún creyente logra una vida sin pecado en este mundo. Prepararnos significa vivir en arrepentimiento continuo, depender de la gracia de Dios y perseverar en la fe. Cuando caemos, acudimos nuevamente a Cristo, confesamos nuestro pecado y buscamos caminar en obediencia.
La trompeta de Dios
Primera de Tesalonicenses 4 declara que el Señor descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios. Este lenguaje comunica autoridad, majestad y victoria. El regreso de Cristo no será un acontecimiento secreto para quienes estén presentes, ni una aparición débil o incierta. El mismo Jesús que fue despreciado y crucificado será manifestado como Rey soberano.
En las Escrituras, la trompeta aparece asociada con convocatorias, anuncios, guerra, celebración y manifestaciones divinas. Cuando suene la trompeta final, anunciará que el tiempo de espera ha concluido. Cristo reunirá a los suyos y ejecutará los propósitos determinados por el Padre.
Para el creyente, ese sonido no será una señal de terror, sino el anuncio de la liberación definitiva. Todas las luchas contra el pecado, el sufrimiento, la enfermedad, la persecución y la muerte llegarán a su fin. La iglesia verá al Salvador a quien ha amado sin haberlo visto y entrará en la plenitud de su presencia.
Sin embargo, para quienes han rechazado a Cristo, su venida será un día de juicio. Por eso, la enseñanza bíblica sobre la segunda venida contiene consuelo y solemnidad. No debemos presentarla como una simple escena emocionante, sino como un llamado urgente a reconciliarnos con Dios por medio de Jesucristo.
Los muertos en Cristo resucitarán
Una de las promesas más gloriosas relacionadas con el regreso del Señor es la resurrección de los creyentes que han muerto. La muerte produce dolor, separación y lágrimas. Cuando despedimos a una persona amada, sentimos profundamente la realidad de vivir en un mundo quebrantado por el pecado. Pero para quienes mueren en Cristo, la tumba no representa el final.
El apóstol Pablo escribió a los tesalonicenses para que no se entristecieran como quienes no tienen esperanza. No les prohibió llorar. El cristianismo no exige negar el dolor ni actuar como si la pérdida no importara. Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro. La diferencia se encuentra en que nuestro duelo está acompañado por una esperanza segura.
Así como Jesús murió y resucitó, Dios levantará a quienes durmieron en Él. Los cuerpos que fueron debilitados por la enfermedad, desgastados por la edad o destruidos por la muerte serán resucitados incorruptibles. Ya no estarán sujetos al dolor, la decadencia ni la mortalidad.
Esta esperanza transforma la manera en que enfrentamos la muerte. El sepulcro no puede retener para siempre a quienes pertenecen a Cristo. La resurrección de Jesús garantiza la resurrección futura de su pueblo. Él es las primicias de aquellos que serán levantados. Su victoria se convertirá plenamente en la victoria de todos los redimidos.
Cuando un creyente muere, podemos sentir una tristeza intensa, pero no una desesperación absoluta. Sabemos que llegará el día del reencuentro. No porque el amor humano sea suficientemente fuerte para vencer la muerte, sino porque Cristo ya la venció.
La iglesia estará para siempre con el Señor
La promesa más importante no es simplemente abandonar este mundo o escapar del sufrimiento. El centro de nuestra esperanza es estar con Cristo. Pablo concluye su enseñanza diciendo que así estaremos siempre con el Señor. Esa es la mayor bendición de la vida eterna.
A veces hablamos del cielo principalmente en términos de calles de oro, descanso, ausencia de enfermedades o reunión con seres queridos. Todas esas realidades tienen su lugar, pero ninguna puede compararse con la presencia de Cristo. El cielo sería incomprensible sin Él. La gloria de la eternidad consiste en ver al Salvador, adorarlo sin pecado y disfrutar de una comunión perfecta con Dios.
En esta vida conocemos a Cristo por medio de la fe. Lo vemos revelado en las Escrituras, experimentamos su gracia y somos sostenidos por su Espíritu. Sin embargo, nuestra comunión todavía está afectada por la debilidad, la distracción y el pecado. Cuando Él regrese, lo veremos cara a cara.
Toda la iglesia redimida será reunida. Creyentes de diferentes generaciones, pueblos, idiomas y naciones estarán delante del Cordero. No habrá divisiones, rivalidades ni conflictos. Seremos un solo pueblo, unidos perfectamente en adoración al Rey.
No sabemos el día ni la hora
A lo largo de la historia, muchas personas han intentado establecer fechas para el regreso de Cristo. Cada una de esas predicciones ha fracasado. Jesús declaró claramente que nadie conoce el día ni la hora. Intentar descubrir lo que Dios ha decidido no revelar no demuestra una fe superior, sino una falta de respeto por los límites establecidos en su Palabra.
Esto no significa que debamos ignorar la promesa de su venida. Al contrario, debemos esperar con intensidad, pero sin especulación irresponsable. Nuestra tarea no es construir calendarios proféticos, sino obedecer los mandamientos claros del Señor.
La iglesia debe evitar el sensacionalismo. Cada guerra, terremoto, crisis política o desastre natural puede recordarnos que vivimos en un mundo quebrantado y que la historia se dirige hacia su consumación. Sin embargo, no debemos afirmar con certeza aquello que la Biblia no nos permite afirmar.
Las señales bíblicas deben conducirnos a la vigilancia, no al pánico. El creyente no vive aterrorizado ante cada acontecimiento mundial. Sabe que Dios gobierna la historia y que nada puede adelantar ni retrasar el momento que Él ha establecido.
Velar no significa vivir paralizados
Algunas personas imaginan que esperar el regreso de Cristo significa abandonar los planes, descuidar las responsabilidades o permanecer continuamente hablando del fin. La Biblia presenta una perspectiva diferente. Los creyentes que esperan fielmente son aquellos que trabajan, sirven, aman, evangelizan y cumplen sus deberes mientras el Señor tarda.
Jesús contó parábolas en las que los siervos debían administrar correctamente lo que su señor les había confiado hasta que regresara. La vigilancia cristiana es activa. Implica utilizar nuestros dones, recursos, tiempo y oportunidades para la gloria de Dios.
Si Cristo regresara hoy, debería encontrarnos cumpliendo nuestras responsabilidades con fidelidad. El estudiante debe estudiar, el trabajador debe laborar honestamente, los padres deben cuidar a sus hijos y la iglesia debe predicar el evangelio. La esperanza futura no elimina nuestras obligaciones presentes; les da un significado eterno.
Esperar a Cristo también significa mantenernos fieles cuando la obediencia resulta difícil. Puede que enfrentemos burlas, tentaciones o pérdidas por seguir al Señor. Recordar su venida nos ayuda a comprender que ningún sacrificio realizado por amor a Él será inútil.
La novia se prepara
La Biblia describe a la iglesia como la esposa de Cristo. Esta imagen comunica amor, pacto, pureza y esperanza. Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella para santificarla. Al final de la historia se celebrarán las bodas del Cordero y su esposa estará preparada.
La preparación de la iglesia no depende de méritos humanos independientes de la gracia. Cristo mismo santifica, limpia y sostiene a su pueblo. Sin embargo, esa gracia produce una respuesta. Quien espera encontrarse con el Señor desea apartarse del pecado y vivir de una manera que le agrade.
Primera de Juan afirma que todo aquel que tiene esta esperanza se purifica a sí mismo, así como Él es puro. La expectativa del regreso de Cristo debe motivarnos a examinar nuestra vida. No porque la santidad compre la salvación, sino porque quienes han sido salvados desean parecerse a su Salvador.
Preparar la lámpara incluye abandonar pecados tolerados, reconciliarnos con quienes hemos ofendido, perdonar, buscar justicia, crecer en amor y perseverar en la verdad. No podemos cantar con entusiasmo acerca de la venida de Cristo mientras vivimos deliberadamente de espaldas a sus mandamientos.
Un consuelo para la iglesia sufriente
La promesa del regreso de Jesús ha sostenido a millones de creyentes a través de siglos de persecución y sufrimiento. Muchos han perdido propiedades, libertad e incluso la vida por confesar el nombre de Cristo. Humanamente parecían derrotados, pero esperaban una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios.
Cuando la iglesia sufre, puede recordar que sus enemigos no tendrán la última palabra. Cristo regresará, hará justicia y vindicará a su pueblo. Ninguna lágrima derramada por fidelidad al evangelio será olvidada. Ningún acto de obediencia permanecerá sin recompensa.
Esta esperanza también sostiene a quienes atraviesan enfermedades, pobreza, soledad o pérdidas. Tal vez algunas circunstancias no cambiarán completamente en esta vida. El evangelio no promete que todos los sufrimientos desaparecerán antes de la muerte. Pero sí promete una restauración final y perfecta cuando Cristo haga nuevas todas las cosas.
El creyente puede decir: “Este dolor no durará para siempre”. No porque minimice lo que siente, sino porque sabe que la eternidad con Cristo superará incomparablemente las aflicciones presentes.
Un llamado para quienes todavía no están preparados
La enseñanza sobre la trompeta final no está dirigida solamente a los creyentes. También es una advertencia misericordiosa para quienes aún viven alejados de Dios. El regreso de Cristo será glorioso, pero también marcará el momento del juicio.
Nadie estará preparado simplemente por pertenecer a una familia cristiana, asistir ocasionalmente a una iglesia o conocer canciones religiosas. La preparación verdadera comienza con el arrepentimiento y la fe en Jesucristo.
Cristo murió por pecadores y resucitó. Todo aquel que se vuelve a Él, confía en su obra y lo recibe como Señor encuentra perdón, reconciliación con Dios y vida eterna. No existe pecado tan grande que su gracia no pueda perdonar a quien se arrepiente sinceramente.
Pero no debemos jugar con la paciencia de Dios. El hecho de que Cristo todavía no haya regresado no significa que nunca lo hará. Segunda de Pedro enseña que el Señor es paciente, no queriendo que algunos perezcan, sino que procedan al arrepentimiento. Su demora es una oportunidad de gracia.
Por eso, el llamado es urgente: reconcíliate con Dios hoy. No esperes una ocasión más conveniente. No confíes en que tendrás muchos años por delante. La vida es frágil y el regreso de Cristo es seguro, aunque su momento sea desconocido.
Vivir mirando hacia la eternidad
Recordar que Cristo viene transforma nuestras prioridades. Muchas cosas que hoy parecen enormes perderán su importancia cuando estemos delante del Señor. El dinero, la fama, los reconocimientos y las posesiones no podrán acompañarnos. Lo que importará será haber pertenecido a Cristo y haber vivido para su gloria.
Esto no significa despreciar la vida presente, sino vivirla correctamente. Podemos disfrutar con gratitud los regalos de Dios, trabajar, formar una familia, estudiar y realizar proyectos. Pero no debemos convertir las bendiciones temporales en nuestro tesoro definitivo.
Quien espera a Cristo aprende a sostener las cosas de este mundo con las manos abiertas. Sabe que todo es pasajero y que su verdadera ciudadanía está en los cielos. Esta perspectiva produce libertad frente a la codicia, la comparación y el temor de perder.
También nos impulsa a compartir el evangelio. Si creemos que Cristo regresará y que cada persona comparecerá delante de Él, no podemos permanecer indiferentes. Debemos hablar con amor, claridad y humildad acerca de la salvación que se encuentra en Jesús.
Cuando finalmente suene la trompeta
Llegará el día en que la fe se convertirá en vista. La iglesia que ahora espera verá abrirse los cielos. El Cristo que muchos rechazaron será reconocido como Señor. Los sepulcros no podrán retener a los redimidos y la muerte perderá para siempre su poder sobre ellos.
En ese momento, nadie lamentará haber sido demasiado fiel a Jesús. Nadie pensará que oró demasiado, que sirvió demasiado o que sacrificó demasiado por el evangelio. Todo sufrimiento padecido por causa de Cristo parecerá pequeño frente al peso eterno de gloria.
Mientras ese día llega, debemos mantener nuestras lámparas encendidas. No con una confianza orgullosa en nosotros mismos, sino dependiendo de la gracia que Dios provee. Debemos permanecer en su Palabra, congregarnos, orar, participar de los medios de gracia y animarnos unos a otros.
Cuando estemos cansados, recordemos que nuestra redención se acerca. Cuando fallezca un creyente amado, consolémonos con la promesa de la resurrección. Cuando la maldad parezca triunfar, recordemos que Cristo regresará como Juez justo. Cuando las cosas temporales intenten seducirnos, levantemos la mirada hacia la eternidad.
La trompeta sonará en el momento exacto determinado por Dios. Los muertos en Cristo resucitarán, los creyentes vivos serán transformados y todo el pueblo del Señor estará para siempre con Él. Esta no es una fantasía para escapar de la realidad, sino la esperanza segura fundada en la resurrección de Jesucristo.
Que esta verdad no produzca solamente emoción, sino obediencia. Que nos encuentre arrepentidos, vigilantes, sirviendo y amando a Cristo. Que nuestras lámparas no sean una simple apariencia religiosa, sino el testimonio de una fe verdadera.
Y mientras esperamos, podemos orar: “Señor, guarda nuestro corazón, fortalece nuestra fe y ayúdanos a vivir preparados. No permitas que el sueño espiritual, las distracciones o el amor al mundo apaguen nuestra lámpara. Haznos perseverar hasta el día en que suene la trompeta, los cielos se abran y podamos estar para siempre contigo”.