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Mi fé en Ti

Veo lágrimas en mis ojos brotar
Y mi situación no parece cambiar
Todo parece girar hacia mi mal espiritual
Dime oh Dios lo que debo hacer si en Ti ya no tengo fe

Dicen que sufrir por Cristo es virtud
y que para ir al cielo hay que llevar su cruz
si es preciso morir para yo verte mi Jesús
dame fe para en Ti creer y mis luchas junto a Ti venceré
y al cielo contigo ascender

Coro:
Cuando por Ti sufro oh Señor
Es cuando más cerca veo Tu amor (Es cuando más cerca veo)
Y hoy por fe comprendo que el sufrir
Es la vía para acercarme a Ti
Y algo nuevo pasa en mi interior
Pues mi fe está puesta en el Señor
Creo sin reservas en el Señor

Estrofa:
En mi derredor hay un nuevo amanecer
Porque en el Señor está puesta mi fe
Y si lágrimas de mis ojos broten hoy
Son de gozo, son de fe y amor
Son respuestas de un vencedor
Que confía plenamente en Su Señor

Coro:
//Cuando por Ti sufro oh Señor
Es cuando más cerca veo Tu amor (Es cuando más cerca veo)
Y hoy por fe comprendo que el sufrir
Es la vía para acercarme a Ti
Y algo nuevo pasa en mi interior
Pues mi fe está puesta en el Señor
Creo sin reservas en el Señor//

Creo en Ti


Reflexión: Creo sin reservas en el Señor

La fe en Dios es uno de los temas más profundos y complejos de la experiencia humana. No es simplemente una idea religiosa ni una emoción pasajera que aparece cuando todo va bien. La fe verdadera, la que nace del encuentro real con Dios, suele ser forjada en medio del dolor, de la incertidumbre y de las preguntas que no siempre tienen respuestas inmediatas. La letra de esta canción nos introduce precisamente en ese escenario: un corazón cansado, con lágrimas en los ojos, observando que su situación no cambia y preguntándose, con honestidad, qué hacer cuando incluso la fe parece debilitarse.

Este clamor no es extraño en la vida cristiana. A lo largo de la Biblia encontramos hombres y mujeres de Dios que atravesaron momentos similares. David lloró, Jeremías se lamentó, Job cuestionó, y aun Jesús, en la cruz, expresó su angustia. Esto nos enseña que la fe no elimina el sufrimiento, pero sí le da un sentido. El creyente no es alguien que nunca duda, sino alguien que, aun en medio de la duda, decide volver su mirada a Dios.

Cuando el corazón expresa: “Dime, oh Dios, lo que debo hacer si en Ti ya no tengo fe”, no está rechazando a Dios, sino reconociendo su dependencia absoluta de Él. Esta confesión es, en sí misma, un acto de fe. Solo quien cree se atreve a hablarle a Dios con tanta sinceridad. La fe bíblica no es fingida ni superficial; es real, vulnerable y, muchas veces, quebrantada, pero siempre sostenida por la gracia divina.

La canción menciona una verdad que suele incomodar: “Dicen que sufrir por Cristo es virtud”. En una cultura que busca comodidad inmediata y evita el dolor a toda costa, esta afirmación parece contradictoria. Sin embargo, el cristianismo nunca prometió una vida libre de pruebas. Jesús fue claro al decir que en el mundo tendríamos aflicción, pero también aseguró que Él ha vencido al mundo. El sufrimiento no es el fin del camino, sino parte del proceso por el cual Dios moldea nuestra fe.

Llevar la cruz no significa buscar el dolor deliberadamente, sino ser fieles a Cristo aun cuando esa fidelidad implique sacrificio. Seguir a Jesús puede significar renunciar a la aprobación del mundo, enfrentar incomprensión, atravesar pruebas internas y externas, y aprender a depender de Dios más allá de nuestras propias fuerzas. En ese proceso, la fe deja de ser solo una creencia heredada y se convierte en una convicción personal y profunda.

El coro de la canción expresa una de las paradojas más hermosas del cristianismo: “Cuando por Ti sufro, oh Señor, es cuando más cerca veo Tu amor”. Esta afirmación no minimiza el dolor, sino que revela una experiencia espiritual transformadora. En los momentos de mayor debilidad humana, la presencia de Dios suele hacerse más evidente. Cuando se agotan los recursos propios, el creyente aprende a descansar en el poder y la fidelidad del Señor.

El sufrimiento, visto desde la fe, no es señal del abandono de Dios. Muchas veces es el terreno donde Él obra de manera más profunda. La Escritura nos enseña que Dios disciplina a los que ama, no como castigo, sino como formación. Así como el oro es refinado en el fuego, la fe es purificada en medio de las pruebas. No es un proceso fácil, pero sí necesario para una fe madura y firme.

Cuando la letra declara: “Y hoy por fe comprendo que el sufrir es la vía para acercarme a Ti”, se refleja una comprensión espiritual que solo nace de la experiencia. No se trata de una teoría aprendida, sino de una verdad vivida. El creyente comienza a entender que Dios no siempre quita el dolor de inmediato, pero sí se revela en medio de él. Esa cercanía divina es lo que sostiene el alma cuando las circunstancias no cambian.

La fe produce un cambio interior, aun cuando lo exterior permanezca igual. “Algo nuevo pasa en mi interior, pues mi fe está puesta en el Señor”. Esta transformación es una obra del Espíritu de Dios. El corazón aprende a confiar, la mente aprende a descansar y el alma encuentra paz, no porque todo esté resuelto, sino porque Dios sigue siendo fiel. La fe no siempre cambia la situación, pero siempre cambia al creyente.

La estrofa que habla de un “nuevo amanecer” nos recuerda que la fe cristiana es esperanza. El amanecer llega después de la noche, y la victoria llega después de la lucha. El creyente aprende a esperar en Dios, sabiendo que ninguna prueba es eterna y que las promesas del Señor no fallan. Las lágrimas que brotan ya no son solo de dolor, sino también de gozo, porque nacen de la certeza de que Dios sigue obrando.

Estas lágrimas se convierten en testimonio. Son “respuestas de un vencedor”, no porque el creyente sea fuerte en sí mismo, sino porque confía plenamente en su Señor. La victoria cristiana no siempre se mide por la ausencia de problemas, sino por la perseverancia en la fe. Vencer es seguir creyendo cuando todo invita a rendirse, es seguir adorando cuando el corazón está cansado.

Creer sin reservas significa entregar a Dios no solo nuestras certezas, sino también nuestras dudas. Significa confiarle nuestras preguntas, nuestros miedos y nuestras heridas. La fe auténtica no se apoya en emociones fluctuantes, sino en el carácter inmutable de Dios. Él no cambia, aun cuando nuestras circunstancias cambian. Él permanece fiel, aun cuando nuestra fe se siente frágil.

La confesión final “Creo en Ti” es sencilla, pero poderosa. Resume toda la experiencia del creyente que ha pasado por el dolor y ha decidido confiar. No es una fe ingenua ni superficial, sino una fe probada. Es la fe de quien ha llorado, ha dudado y ha luchado, pero ha encontrado en Dios su refugio seguro.

Esta reflexión nos invita a examinar nuestra propia fe. ¿En qué momentos hemos sentido que nuestra confianza en Dios se debilitaba? ¿Cómo hemos respondido al sufrimiento? La fe no se demuestra solo en los días de alegría, sino, sobre todo, en los días de prueba. Es allí donde se revela si nuestra confianza está puesta en las circunstancias o en el Señor.

Dios no rechaza al corazón quebrantado. Al contrario, promete estar cerca de los que lloran y sostener a los que confían en Él. La fe puede tambalearse, pero Dios nunca deja de sostener a sus hijos. Incluso cuando no entendemos el camino, Él sigue guiando nuestros pasos.

Que esta canción y esta reflexión nos recuerden que el sufrimiento no es el final de la historia. Dios sigue escribiendo, sigue obrando y sigue transformando vidas. La fe en Él no es en vano. Aun en medio del dolor, podemos declarar con convicción y esperanza: mi fe está puesta en el Señor, y creo sin reservas en Él.

Porque al final, creer en Dios no es solo aceptar una verdad doctrinal, sino rendirle el corazón entero. Es confiar cuando no vemos, esperar cuando todo parece oscuro y descansar en la certeza de que Aquel en quien creemos es fiel. Y esa fe, aunque pase por el fuego, saldrá fortalecida, para gloria de Dios.