Coro:
Tú me responderás a mi lado siempre estarás
Y aunque el río se levante no me abnegará
Y si por el fuego pasare no me quemará,
Ni la llama arderá en mí porque Tú me sostendrás.
Estrofa:
No hay tribulación, no hay angustias
No hay peligro por el que yo pase
Que pueda apartarme de T
Es que no hay nada, no, no hay nadie
Ningún arma prosperará porque conmigo vas.
Coro:
Tú me responderás a mi lado siempre estarás
Y aunque el río se levante no me abnegará
Y si por el fuego pasare no me quemará,
Ni la llama arderá en mí porque Tú me sostendrás.
Estrofa:
Tú eres el Alfa y Omega, eres principio y final
No hay imposible para Ti, no, no lo hay, no lo hay
Caerán a mi lado mil y diez mil a mi diestra
Mas a mí no llegarán porque conmigo vas
Coro:
//Tú me responderás a mi lado siempre estarás
Y aunque el río se levante no me abnegará
Y si por el fuego yo pasare no me quemará,
Ni la llama arderá en mí porque Tú me sostendrás//
Porque Tú me sostendrás
Reflexión: Porque Tú me sostendrás
La promesa de que Dios responde y permanece a nuestro lado es una de las verdades más consoladoras de la fe cristiana. No se trata de una idea optimista para tiempos difíciles, sino de una afirmación anclada en el carácter fiel de Dios. Cuando el creyente declara que Dios estará a su lado siempre, está confesando una confianza que no depende de las circunstancias, sino de quién es Dios.
La vida cristiana no está exenta de ríos crecidos ni de fuegos ardientes. La Escritura nunca promete una existencia libre de pruebas, pero sí garantiza la presencia de Dios en medio de ellas. El río puede levantarse, la corriente puede ser fuerte, pero no nos ahogará. El fuego puede rodearnos, pero no nos consumirá. No porque seamos fuertes, sino porque Dios es quien sostiene.
Esta imagen recuerda las promesas bíblicas donde Dios asegura a su pueblo que atravesará las aguas y el fuego sin ser destruido. No es una metáfora de comodidad, sino de preservación. A veces Dios no quita el obstáculo, pero siempre da la gracia necesaria para atravesarlo. El milagro no siempre es la ausencia de la prueba, sino la fidelidad de Dios dentro de ella.
La seguridad que expresa esta verdad no niega la realidad del dolor, la angustia o el peligro. La fe bíblica no es negación de la realidad, sino una forma distinta de enfrentarla. El creyente puede sentir miedo, cansancio o incertidumbre, pero no está solo. La presencia de Dios redefine la experiencia del sufrimiento, dándole un propósito y un límite.
La afirmación de que ninguna tribulación ni angustia puede apartarnos de Dios nos recuerda que nuestra relación con Él no se basa en nuestra estabilidad emocional ni en nuestras circunstancias favorables. El amor de Dios no fluctúa con nuestro rendimiento espiritual. Él no se acerca más cuando todo va bien ni se aleja cuando fallamos. Su fidelidad es constante, incluso cuando la nuestra no lo es.
Decir que no hay arma que prospere no significa que no habrá oposición. Significa que ninguna oposición tendrá la última palabra. El enemigo puede atacar, las circunstancias pueden presionar y el mundo puede intentar sacudir nuestra fe, pero nada puede frustrar los propósitos de Dios para aquellos que confían en Él. La victoria no siempre se manifiesta como ausencia de lucha, sino como permanencia en medio de ella.
Reconocer que Dios es Alfa y Omega es afirmar que Él gobierna el principio y el final de todas las cosas. Nada escapa a su control soberano. Esto trae descanso al corazón del creyente, porque incluso aquello que no entendemos está bajo su autoridad. La fe no consiste en comprenderlo todo, sino en confiar en Aquel que lo sabe todo.
La declaración de que no hay imposibles para Dios confronta nuestra tendencia a limitarlo según nuestras experiencias pasadas. Muchas veces proyectamos nuestras debilidades sobre Dios, olvidando que su poder no tiene límites. Él no está condicionado por estadísticas, diagnósticos ni pronósticos humanos. Cuando Dios actúa, lo hace conforme a su voluntad perfecta, no a nuestras expectativas reducidas.
La imagen de “mil caerán a tu lado y diez mil a tu diestra” no debe entenderse como una promesa de inmunidad física absoluta, sino como una afirmación de cuidado soberano. El creyente vive bajo la protección de Dios, aunque esa protección no siempre se manifieste de la forma que esperamos. La seguridad última del cristiano no está en esta vida, sino en la fidelidad eterna de Dios.
Decir “porque conmigo vas” resume el centro de esta esperanza. La presencia de Dios es la diferencia. No es el tamaño del problema lo que define el resultado, sino quién camina con nosotros a través de él. Moisés entendió esta verdad cuando declaró que no avanzaría sin la presencia de Dios. La bendición no está en llegar rápido, sino en caminar acompañados.
Dios responde, pero no siempre en el tiempo ni de la forma que imaginamos. Sin embargo, su respuesta siempre es fiel, sabia y perfecta. A veces responde cambiando la situación; otras veces responde cambiándonos a nosotros. En ambos casos, su propósito se cumple y su gracia se manifiesta.
Ser sostenidos por Dios implica reconocer nuestra fragilidad. El evangelio no exalta la autosuficiencia, sino la dependencia. Cuando reconocemos que no podemos sostenernos por nosotros mismos, aprendemos a descansar en Aquel que nunca falla. Su mano no se cansa, su brazo no se debilita y su fidelidad no se agota.
Esta reflexión nos invita a evaluar dónde hemos puesto nuestra confianza. ¿En nuestras fuerzas, en nuestras estrategias, en nuestras seguridades humanas? O en el Dios que promete estar con nosotros aun cuando todo lo demás falla. La fe madura no es la que nunca enfrenta pruebas, sino la que permanece firme en medio de ellas.
Que esta verdad quede grabada en el corazón: los ríos no nos ahogarán, el fuego no nos consumirá y las armas no prosperarán, no porque la vida sea fácil, sino porque Dios es fiel. Y mientras Él esté a nuestro lado, podemos caminar con esperanza, sabiendo que, pase lo que pase, Él nos sostendrá.