Letras Cristianas

Como Jesús

Música más vida

Cada una de mis faltas,
las cubres con Tu gracia
Me regalas esperanza;
cada mañana, cada mañana

Coro:
Eres sin igual, me encontró Tu luz
Todo lo dejo atrás, quiero ser como Jesús
Eres sin igual, me encontró Tu luz
Todo lo dejo atrás, quiero ser como Jesús
Quiero ser como Jesús

Estrofa:
Cada día me asombras,
con Tu eterna gloria
Tú eres quien calma mi alma;
eres mi ancla, eres mi ancla

Coro:
//Eres sin igual, me encontró Tu luz
Todo lo dejo atrás, quiero ser como Jesús
Eres sin igual, me encontró Tu luz
Todo lo dejo atrás, quiero ser como Jesús//
Quiero ser como Jesús

Puente:
//Me adoptó, Su hijo soy
Su voz a casa me llamó
Mi corazón Él transformó
Le seguiré, no pararé//

Coro:
//Eres sin igual, me encontró Tu luz
Todo lo dejo atrás, quiero ser como Jesús
Eres sin igual, me encontró Tu luz
Todo lo dejo atrás, quiero ser como Jesús//
Quiero ser como Jesús

Música más vida - Como Jesús


Reflexión: Quiero ser como Jesús

La declaración “quiero ser como Jesús” no es una frase ligera ni una expresión emocional momentánea; es una confesión que toca el corazón mismo del cristianismo. Decir estas palabras implica reconocer, de manera honesta, que nuestra vida necesita ser transformada y que el modelo supremo no es otro ser humano, ni una ideología, ni siquiera una versión idealizada de nosotros mismos, sino Cristo. En un mundo que constantemente nos invita a construir nuestra propia identidad, el evangelio nos llama a rendirla.

Querer ser como Jesús comienza con una comprensión correcta de la gracia. No es un deseo que nace del orgullo espiritual ni del esfuerzo humano por alcanzar perfección moral, sino del asombro ante una gracia inmerecida. La Escritura nos recuerda que todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios, pero también afirma que somos justificados gratuitamente por su gracia. Esa gracia no solo perdona; también transforma. Nos levanta cada mañana con esperanza, no porque seamos mejores que ayer, sino porque Dios sigue siendo fiel.

La gracia de Dios, lejos de ser una licencia para vivir sin obediencia, es el fundamento para una vida renovada. Cuando entendemos que nuestras faltas han sido cubiertas, ya no vivimos bajo la culpa constante ni bajo el temor del rechazo divino. Vivimos desde la seguridad de sabernos amados, y es precisamente desde esa seguridad que surge el deseo genuino de dejar atrás aquello que no glorifica a Dios. No dejamos el pecado para ser aceptados; dejamos el pecado porque ya hemos sido aceptados en Cristo.

Ser como Jesús implica un cambio de dirección. El llamado de Cristo siempre ha sido claro: “Sígueme”. Ese llamado conlleva renuncia. No se puede seguir a Jesús sin dejar algo atrás. A veces será un pecado evidente; otras veces, una ambición legítima que ha tomado el lugar que solo Dios debe ocupar. En cualquier caso, seguir a Cristo requiere una decisión diaria de morir a uno mismo, de reconocer que ya no somos el centro de nuestra historia.

La luz de Cristo no solo ilumina el camino, también revela lo que hay en nuestro interior. Cuando su luz nos encuentra, expone nuestras motivaciones, nuestras intenciones ocultas y nuestras falsas seguridades. Esto puede resultar incómodo, pero es absolutamente necesario. Dios no transforma lo que no es expuesto. La luz no viene para condenarnos, sino para guiarnos hacia una vida verdadera, una vida alineada con la voluntad de Dios.

En medio de un mundo inestable, Jesús se presenta como ancla del alma. Esta imagen es profundamente significativa. Un ancla no evita la tormenta, pero impide que la embarcación sea arrastrada sin control. De la misma manera, Cristo no promete una vida sin dificultades, pero sí una presencia constante que nos sostiene cuando todo parece moverse. Ser como Jesús también significa aprender a confiar en el Padre en medio de la adversidad, tal como Él lo hizo.

La adopción espiritual es una de las verdades más transformadoras del evangelio. No solo somos perdonados; somos hechos hijos. Esto redefine por completo nuestra identidad. Ya no vivimos para probar nuestro valor, porque nuestro valor ha sido establecido por Dios mismo. Como hijos, somos llamados a reflejar el carácter de nuestro Padre. Ser como Jesús es vivir desde esa nueva identidad, no desde el temor, sino desde el amor.

Cuando entendemos que Dios ha transformado nuestro corazón, la obediencia deja de ser una obligación pesada y se convierte en una respuesta natural. Seguir a Cristo ya no es un deber impuesto, sino un deseo interno. Esto no significa que siempre será fácil. Jesús mismo caminó el sendero de la obediencia hasta la cruz. Sin embargo, su ejemplo nos muestra que la verdadera vida se encuentra en rendirse completamente a la voluntad del Padre.

Ser como Jesús también implica una manera distinta de relacionarnos con los demás. Jesús amó a los que nadie quería amar, perdonó a los que nadie quería perdonar y sirvió sin buscar reconocimiento. Imitarlo significa aprender a amar con sacrificio, a extender gracia incluso cuando no es correspondida y a servir sin esperar aplausos. Este tipo de vida es imposible en nuestras propias fuerzas; solo puede ser vivida mediante la obra del Espíritu Santo en nosotros.

El proceso de llegar a ser como Jesús es progresivo. No ocurre de un día para otro. Hay caídas, luchas y momentos de debilidad. Sin embargo, Dios es paciente y fiel. Aquel que comenzó la buena obra en nosotros la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. Esta verdad nos libra de la desesperación y nos anima a perseverar, incluso cuando sentimos que avanzamos lentamente.

Querer ser como Jesús es, en esencia, desear que nuestra vida apunte constantemente hacia Él. Es vivir con la convicción de que nada de lo que dejamos atrás se compara con la gloria de conocerle. Es caminar cada día con humildad, dependencia y esperanza. Que esta confesión no sea solo una frase repetida, sino una oración sincera que marque nuestras decisiones, nuestras prioridades y nuestra manera de vivir.

Que cada mañana, al recordar la gracia que nos sostiene, renovemos también nuestro compromiso de seguir a Cristo sin reservas. Que podamos decir, no solo con palabras sino con hechos, que queremos ser como Jesús, cueste lo que cueste, porque Él es digno de toda nuestra vida.

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