Letras Cristianas

Rey Glorioso

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//Eres Santo
Eres Santo
Eres Santo
¡Oh mi Señor!//

Coro (x8):
¡Rey Glorioso!
¡Majestuoso!
¡Eres digno de adoración!

Rey Glorioso / Miel San Marcos


Reflexión: Eres Santo, Rey glorioso y majestuoso

La proclamación “Eres Santo” es una de las confesiones más antiguas, profundas y centrales de la fe bíblica. No es una frase decorativa ni una repetición emocional; es una declaración que reconoce quién es Dios en su esencia. La santidad de Dios no es solo uno de sus atributos, es la perfección que envuelve todo su ser. Decir que Dios es santo es afirmar que Él es absolutamente distinto, separado del pecado, puro, justo y glorioso.

En un mundo donde la palabra “santo” suele asociarse con perfección inalcanzable o con religiosidad fría, la Biblia presenta la santidad de Dios como algo vivo y activo. Su santidad no lo hace distante, sino digno. No lo vuelve indiferente, sino majestuoso. Es precisamente porque Dios es santo que su amor es puro, su justicia es recta y su misericordia es verdadera.

La repetición de “Eres Santo” refleja una realidad espiritual importante: la santidad de Dios no se agota con una sola declaración. El corazón humano necesita recordar constantemente quién es Dios para no reducirlo a una versión manejable o cómoda. Cada repetición es una reafirmación de reverencia, un recordatorio de que Dios no puede ser domesticado ni reducido a nuestros términos.

Llamarlo “mi Señor” introduce una dimensión personal a esta santidad. Dios no es solo santo en un sentido abstracto; es santo y cercano. Reconocerlo como Señor es aceptar su autoridad y rendirle el control de nuestra vida. La santidad no solo se contempla, se responde. Cuando reconocemos que Dios es santo, somos confrontados con la necesidad de rendición.

El clamor “Rey glorioso” afirma que la santidad de Dios está ligada a su soberanía. Él no es santo porque alguien se lo atribuya, sino porque reina. Su gloria no depende de la adoración humana; nuestra adoración depende de su gloria. Dios no gobierna por imposición, gobierna por derecho. Su trono no está en disputa, y su reino no tiene fin.

La majestad de Dios no es intimidante para el corazón humilde, sino segura. En un mundo donde el poder suele estar asociado con abuso o corrupción, Dios se presenta como un Rey justo, fiel y perfecto. Su majestad no aplasta al que se acerca, lo sostiene. Su grandeza no excluye al débil, lo acoge.

Decir que Dios es “digno de adoración” es reconocer que la adoración no comienza con nosotros, sino con Él. No adoramos para sentirnos mejor, ni para cumplir una obligación religiosa. Adoramos porque Dios es digno. La dignidad de Dios no fluctúa con nuestras emociones ni con nuestras circunstancias. Él es digno en el silencio y en el estruendo, en la abundancia y en la escasez.

La sencillez del mensaje resalta una verdad poderosa: no se necesitan muchas palabras para expresar una adoración profunda. A veces, el corazón no requiere explicaciones extensas, sino una confesión clara y sincera. Reconocer la santidad de Dios con pocas palabras puede ser más profundo que largos discursos vacíos.

La adoración que exalta la santidad de Dios nos coloca en la postura correcta delante de Él. No venimos a negociar, a exigir ni a impresionar. Venimos a reconocer. Y en ese reconocimiento, algo ocurre dentro de nosotros: somos transformados. La santidad de Dios no solo se proclama, también purifica.

Cuando contemplamos la santidad de Dios, somos confrontados con nuestra propia condición. No para condenarnos, sino para llevarnos a la gracia. En la Biblia, cada encuentro genuino con la santidad de Dios produce humildad, arrepentimiento y dependencia. Dios no revela su santidad para alejarnos, sino para atraerlos a una relación más profunda y verdadera.

La adoración centrada en la santidad de Dios no gira en torno a lo que sentimos, sino a quién Él es. Esto protege la fe de volverse egocéntrica. Cuando la adoración se centra en el adorador, se vuelve frágil. Cuando se centra en Dios, se vuelve firme. La iglesia necesita recuperar una adoración que no se mire a sí misma, sino que mire al trono.

Reconocer a Dios como Rey glorioso también redefine nuestra identidad. Si Él es Rey, nosotros somos súbditos; pero no súbditos temerosos, sino hijos amados. Su reinado no es opresivo, es redentor. Donde Él gobierna, hay orden, justicia y paz.

La santidad de Dios no es una barrera para la comunión, es el fundamento correcto de ella. Solo un Dios santo puede amar sin pecado, juzgar con justicia y perdonar con autoridad. Si Dios no fuera santo, su amor sería corruptible y su misericordia sería débil. Pero porque Él es santo, podemos confiar plenamente en Él.

Esta reflexión nos invita a preguntarnos: ¿cómo nos acercamos a Dios? ¿Con ligereza o con reverencia? ¿Como a un recurso ocasional o como al Rey glorioso? La manera en que vemos a Dios determina la manera en que vivimos delante de Él.

Adorar al Dios santo no es escapar de la realidad, es alinearnos con ella. Su santidad ilumina nuestro camino, corrige nuestra dirección y fortalece nuestra fe. En un mundo confundido, la santidad de Dios sigue siendo un ancla firme.

Que esta confesión no sea solo una frase repetida, sino una convicción que marque nuestra vida diaria: Dios es santo, Dios es Rey, Dios es digno. Y ante Él, el corazón encuentra su lugar correcto.

Eres Santo. Rey glorioso. Majestuoso. Digno de toda adoración. Y cuando esa verdad gobierna el alma, todo lo demás encuentra sentido.

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