No sé como pero tengo esperanza,
no sé como pero sé que soy feliz.
He tratado tantas veces de encontrar una razón
que justifique el por qué de tanto amor.
No sé como pero sé que soy distinto
no sé como pero Él me transformó.
Y no fue mi propio esfuerzo
lo que me hizo ver la luz,
fue su sangre derramada en la cruz.
Otra vez ante Ti, en humilde oración
ni siquiera me contestes, solo mírame Señor.
Ya no sé qué pensar, no sé como expresar
el temor y el asombro que hay en mi.
Todavía no lo sé, no me has dicho aún
qué fue lo que viste en mi para quererme.
Y es que no entiendo la razón
de tanto amor derrochado.
¿Quién soy yo para que tu me hayas amado?
No sé como pero hay gozo en mi alma
no sé como pero Tu me has dado paz.
Y soy libre como el sol, como la luna, como el mar,
nada puede detener tu libertad.
Ya no intento comprender esta locura,
palpitando al son del sol y de la luna.
Sólo puedo darte gracias repetírtelo otra vez,
toma el agradecimiento de mi ser.
Otra vez ante Ti, en humilde oración
ni siquiera me contestes, solo mírame Señor.
Ya no sé qué pensar, no sé como expresar
el temor y el asombro que hay en mi.
Todavía no sé, no me has dicho aún
qué fue lo que viste en mi para quererme.
Y es que no encuentro la razón
de tanto amor derrochado.
¿Quién soy yo para que tu me hayas amado?
Otra vez ante Ti, en humilde oración
ni siquiera me contestes, solo mirame Señor.
Ya no sé qué pensar, no sé como expresar
el temor y el asombro que hay en mi.
Todavía no lo sé, no me has dicho aún
qué fue lo que viste en mi para quererme.
Y es que no entiendo la razón
de tanto amor derrochado.
¿Quién soy yo para que tu me hayas amado?
¿Quién soy yo para que tu me hayas amado?
//Amado//
Reflexión: ¿Quién soy yo? — El misterio de la gracia que no merecíamos
Hay experiencias en la vida cristiana que no se pueden explicar completamente con palabras. No porque no sean reales, sino porque son demasiado profundas para ser reducidas a una lógica humana. La canción que acabamos de leer expresa precisamente eso: una mezcla de asombro, gratitud y desconcierto ante una realidad gloriosa —el amor de Dios por nosotros.
“No sé cómo… pero tengo esperanza”. Esta frase refleja algo que muchos creyentes han sentido en algún momento. No siempre podemos explicar cómo Dios obró en nosotros, ni cómo transformó nuestro interior, pero sabemos que algo cambió. Sabemos que ya no somos los mismos. Sabemos que hay algo nuevo que antes no estaba.
Y esa es la esencia de la gracia. No es algo que entendemos completamente, es algo que experimentamos. No es el resultado de un razonamiento humano, es el resultado de una intervención divina.
El apóstol Pablo lo expresó claramente en Efesios 2:8-9: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. La salvación no es algo que logramos, es algo que recibimos.
Por eso la canción dice: “no fue mi propio esfuerzo… fue su sangre derramada en la cruz”. Esta es una verdad central del evangelio. No hay mérito humano. No hay capacidad personal suficiente. Todo apunta a Cristo. Todo depende de lo que Él hizo.
La cruz no fue solo un evento histórico, fue el acto más grande de amor que la humanidad ha conocido. Allí, Jesús tomó nuestro lugar. Cargó con nuestro pecado. Pagó el precio que nosotros no podíamos pagar. Y lo hizo por amor.
Y aquí es donde surge la pregunta más profunda de esta reflexión: ¿por qué?
“¿Qué fue lo que viste en mí para quererme?” Esta pregunta no tiene una respuesta basada en nosotros, sino en Dios. Porque la verdad es que no había nada en nosotros que mereciera ese amor. Romanos 5:8 lo dice claramente: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”.
Dios no nos amó porque éramos buenos. No nos eligió porque éramos dignos. No vio algo especial en nosotros que lo motivara. Él nos amó porque Él es amor. Su amor no nace de nuestro valor, sino de Su carácter.
Y eso rompe completamente con nuestra lógica. Porque estamos acostumbrados a un amor condicionado. Un amor que responde a lo que la otra persona es o hace. Pero el amor de Dios es diferente. Es incondicional. Es soberano. Es inmerecido.
Por eso la reacción natural es asombro. “No sé cómo expresar el temor y el asombro que hay en mí”. Cuando entendemos, aunque sea en parte, lo que significa la gracia, no podemos quedar indiferentes. Nos confronta. Nos humilla. Nos transforma.
El temor aquí no es miedo, es reverencia. Es reconocer la grandeza de Dios y nuestra pequeñez. Es entender que estamos delante de algo santo, puro, perfecto. Y aun así, somos amados.
Esto también produce gratitud. Una gratitud que no es superficial, sino profunda. Una gratitud que se traduce en una vida diferente. Porque quien entiende la gracia, no vive igual.
“Soy libre como el sol, como la luna, como el mar”. Esta libertad no es una licencia para hacer lo que queramos, es una liberación del pecado, de la culpa, de la condenación. Es una nueva vida en Cristo.
Jesús dijo: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). Esa libertad no es externa solamente, es interna. Es una transformación del corazón.
Antes estábamos atados al pecado, a nuestros deseos, a nuestra naturaleza caída. Pero en Cristo, hemos sido liberados. No porque lo merezcamos, sino por Su gracia.
Sin embargo, esta libertad también implica responsabilidad. No para ganar el amor de Dios, sino como respuesta a ese amor. Vivimos de una manera diferente porque hemos sido transformados.
La canción también muestra una actitud de humildad profunda: “ni siquiera me contestes, solo mírame Señor”. Esto es poderoso. No hay exigencias. No hay demandas. Solo un deseo de estar en Su presencia.
Muchas veces nuestras oraciones están llenas de peticiones, de necesidades, de deseos. Y eso no está mal. Pero hay un nivel más profundo en la relación con Dios, donde simplemente queremos estar con Él. Donde Su presencia es suficiente.
Este es el tipo de relación que Dios desea. No solo que lo busquemos por lo que puede darnos, sino por quién es Él.
“Ya no intento comprender esta locura…” Aquí hay una rendición. Un reconocimiento de que no todo se puede explicar. Y está bien. Porque la fe no se basa en entender todo, sino en confiar.
Hay cosas en Dios que superan nuestra capacidad. Su amor, Su gracia, Su misericordia. No podemos encajarlas en nuestra lógica. Y en lugar de resistir eso, debemos abrazarlo con humildad.
El peligro es intentar reducir a Dios a algo que podamos controlar o entender completamente. Pero Dios es infinito. Nosotros no.
Por eso, la respuesta correcta no siempre es entender más, sino rendirse más. Confiar más. Adorar más.
Hoy, esta reflexión nos lleva a detenernos y considerar algo muy personal: ¿realmente hemos entendido la gracia?
No como un concepto teológico, sino como una realidad que transforma nuestra vida. Porque es posible conocer la palabra “gracia” y no vivir en ella.
Si entendemos la gracia, no podemos vivir con orgullo. No podemos mirar a otros con superioridad. No podemos actuar como si mereciéramos algo. Todo lo que somos y tenemos es por Él.
También nos lleva a amar más. Porque quien ha sido amado de esa manera, no puede permanecer indiferente. El amor recibido se convierte en amor que damos.
Y finalmente, nos lleva a adorar. No por obligación, sino como respuesta. No por rutina, sino por asombro.
Quizás hoy no tengas todas las respuestas. Quizás no entiendes completamente lo que Dios está haciendo en tu vida. Pero hay algo que sí puedes saber con certeza: Dios te ha amado con un amor que no merecías.
Y eso es suficiente para confiar. Suficiente para rendirte. Suficiente para seguir adelante.
¿Quién soy yo… para que Tú me hayas amado?
La respuesta no está en ti… está en Él.