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Ilumina

Creaste el sol y las estrellas
los pintaste de color
los creaste y diste vida
los llenaste de Tu amor

Los que estaban en tinieblas
en nosotros ven Tu luz
ilumina nuestros rostros
con la gloria de Tu cruz

Coro:
Enciéndenos, alúmbranos para luz del mundo ser
y brillar con Tu poder
Avívanos, ilumínanos y que el mundo pueda ver
Tu amor resplandecer

(se repite todo desde el principio)

Puente (x6)
Tu gloria, Dios eterno brilla más que el sol
Tu gloria alumbra mi cuidad


Esta canción nos lleva de la mano desde la creación hasta la misión, recordándonos que el Dios que formó el sol y las estrellas es el mismo que hoy desea encender nuestros corazones. No se trata solo de contemplar la grandeza del universo, sino de entender que toda esa obra gloriosa fue hecha con propósito, con amor y con intención. Cuando confesamos que Dios creó y dio vida, estamos reconociendo que nada existe por casualidad, y que nuestra propia vida también fue diseñada para reflejar Su gloria.

El sol y las estrellas no solo iluminan el cielo; son un testimonio constante del orden, la belleza y la fidelidad de Dios. Cada amanecer proclama que Su misericordia se renueva, y cada noche estrellada nos recuerda que Su poder no tiene límites. Sin embargo, la canción nos lleva más profundo al declarar que ese mismo Dios decidió depositar Su luz en nosotros. Aquellos que antes caminaban en tinieblas ahora son portadores de una luz viva que transforma y guía.

La frase “en nosotros ven Tu luz” es profundamente desafiante. Nos recuerda que muchas personas no leerán una Biblia, pero leerán nuestra vida. Verán nuestras reacciones, nuestras palabras, nuestra manera de amar y de perdonar. Cuando permitimos que la gloria de la cruz ilumine nuestro rostro, estamos diciendo que nuestra identidad ya no está definida por el pasado, por el pecado o por el temor, sino por la obra redentora de Cristo.

La cruz, lejos de ser un símbolo de derrota, se convierte en la fuente más intensa de luz. Allí se manifestó el amor más puro, el sacrificio más grande y la esperanza más firme. Ser iluminados por la gloria de la cruz significa vivir conscientes de la gracia que nos alcanzó y caminar con humildad, sabiendo que todo lo que somos y tenemos proviene de Dios. Esa luz no es para esconderse, sino para brillar en medio de un mundo que muchas veces vive confundido y herido.

Cuando el coro clama “Enciéndenos, alúmbranos”, no es una simple petición emocional; es una oración profunda de dependencia. Reconocemos que sin Dios no podemos brillar, que nuestros esfuerzos humanos no son suficientes para transformar realidades espirituales. Necesitamos ser encendidos por el fuego del Espíritu, avivados por Su presencia, para que nuestra luz no sea artificial ni pasajera, sino constante y genuina.

Ser luz del mundo no significa ser perfectos, sino disponibles. Jesús mismo dijo que una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Cuando dejamos que Dios alumbre nuestras áreas oscuras, también nos hace visibles. Esa visibilidad trae responsabilidad, pero también privilegio: el privilegio de reflejar el amor de Dios en palabras sencillas, en actos de servicio, en compasión real hacia los demás.

El clamor “Avívanos” revela una verdad importante: la fe puede enfriarse si no es alimentada. El avivamiento comienza en el corazón, cuando volvemos a poner a Dios en el centro, cuando recuperamos la pasión por Su presencia y el deseo de agradarle. No es un evento externo, sino una obra interna que luego se manifiesta de manera visible. Un corazón avivado inevitablemente produce una vida que resplandece.

La canción también nos recuerda que el propósito de ser iluminados no termina en nosotros. “Que el mundo pueda ver Tu amor resplandecer” deja claro que la luz tiene dirección. No brillamos para ser admirados, sino para señalar a Cristo. Cada acto de amor, cada palabra de esperanza y cada gesto de bondad se convierten en reflejos del carácter de Dios para aquellos que aún no le conocen.

El puente declara que la gloria de Dios brilla más que el sol. Esto nos invita a comparar cualquier otra fuente de luz con la gloria eterna de Dios. Las luces del éxito, del reconocimiento humano o de las posesiones materiales son temporales; se apagan con el tiempo. Pero la gloria de Dios permanece, ilumina sin consumir y transforma sin destruir. Cuando Su gloria alumbra nuestra ciudad, las tinieblas no pueden permanecer.

Cuando entendemos que Dios nos llama a ser luz, también comprendemos que esa luz debe permanecer encendida aun en los momentos difíciles. No brillamos solo cuando todo va bien, sino especialmente cuando atravesamos pruebas, incertidumbres o silencios. En medio de la noche, una pequeña luz puede guiar a muchos, y de la misma manera, una vida rendida a Dios puede convertirse en refugio y dirección para otros que aún buscan esperanza.

Permitir que Dios nos ilumine implica también dejar que Su verdad confronte nuestras sombras internas. La luz no solo revela el camino, sino que también expone aquello que necesita ser sanado. Lejos de avergonzarnos, ese proceso nos libera, porque donde la luz de Dios entra, el temor, la culpa y la condenación pierden su poder. Ser luz comienza con permitir que Él transforme primero nuestro interior.

Cuando la gloria de Dios alumbra nuestra ciudad, no siempre lo hace a través de grandes escenarios o multitudes, sino mediante actos sencillos y constantes: una palabra oportuna, una oración sincera, una mano extendida, una actitud diferente. La luz del Reino se propaga de corazón en corazón, de casa en casa, y de vida en vida, hasta que lo ordinario se convierte en un instrumento extraordinario en las manos de Dios.

Que esta canción y esta reflexión nos impulsen a vivir con intención, recordando cada día que fuimos encendidos con un propósito eterno. Que no apaguemos esa llama por el cansancio, la rutina o el temor, sino que permanezcamos firmes, brillando con el amor de Cristo. Porque cuando Su luz habita en nosotros, incluso el lugar más oscuro puede ser transformado, y Su gloria seguirá resplandeciendo mucho más allá de lo que podemos ver.

Finalmente, esta reflexión nos invita a una decisión diaria: permitir que Dios nos encienda una y otra vez. No basta con haber brillado ayer; necesitamos Su luz hoy. Al rendirnos a Él, nos convertimos en faros de esperanza, en testimonios vivos de que la luz sigue venciendo a la oscuridad. Que nuestra oración constante sea la misma que declara la canción: Señor, enciéndenos, alúmbranos y haz que Tu amor resplandezca a través de nosotros.