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Él vive hoy (Glorioso el día)

¿Por qué buscas en la tumba
A aquel que vivo está?
Recuerda su promesa: «¡Me levantaré!»
La piedra removida
Su cuerpo no se halló
Ha llegado el tercer día
¡El Señor resucitó!

Coro:
Bendito sea el Dios
Y Padre del Señor Jesús
Quien vive hoy
Esperanza viva tengo
Vida junto a Él me dio
Y de la muerte me resucitó

Verso:
Perfecto sacrificio
El Padre recibió
Segura garantía de nuestra justificación
Cuando vuelva por su iglesia
Las tumbas se abrirán
Y los que han dormido en Cristo
Con Él resucitarán

Coro:
Bendito sea el Dios
Y Padre del Señor Jesús
Quien vive hoy
Esperanza viva tengo
Vida junto a Él me dio
Y de la muerte me resucitó

Puente:
¿Dónde está oh muerte tu aguijón
Sepulcro dónde tu victoria?
Si Cristo con su muerte te venció
Del pecado Él nos liberó
Y ha reclamado su victoria
La tumba no lo pudo retener
Él vive hoy, Él vive hoy
Él vive hoy, Él vive hoy

Glorioso el día que de la muerte Él resucitó


La resurrección de Jesucristo es el corazón de la esperanza cristiana. No se trata simplemente de un acontecimiento extraordinario ocurrido en el pasado, ni de una historia conmovedora que recordamos durante una fecha especial del año. La tumba vacía es la declaración pública de que Jesús venció aquello que ningún ser humano había podido vencer: el pecado, la condenación y la muerte. Cuando las mujeres llegaron al sepulcro buscando el cuerpo del Señor, recibieron una pregunta que todavía hoy confronta nuestros temores y nuestra falta de fe: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» Ellas llegaron esperando encontrar una tumba cerrada, un cuerpo sin vida y el final de una esperanza; pero Dios les mostró una piedra removida, un sepulcro vacío y el comienzo de una vida nueva.

La tristeza de los discípulos durante aquellos días era comprensible. Habían visto a Jesús ser rechazado, golpeado, crucificado y sepultado. Aparentemente, todo había terminado. Las promesas parecían haber quedado enterradas junto con Él. Sin embargo, ellos habían olvidado algo fundamental: Jesús había anunciado que resucitaría al tercer día. El problema no estaba en la fidelidad de la promesa, sino en la debilidad de la memoria de quienes la habían escuchado. Muchas veces sucede lo mismo con nosotros. En medio del dolor, recordamos con facilidad el tamaño del problema, pero olvidamos las palabras que Dios nos ha dado. Miramos la piedra, el sepulcro y la oscuridad, pero dejamos de mirar al Señor que tiene poder para cumplir todo lo que ha prometido.

La resurrección nos enseña que ninguna circunstancia puede anular el propósito de Dios. Los enemigos de Jesús hicieron todo lo que estuvo a su alcance para silenciarlo. Lo acusaron falsamente, lo humillaron públicamente, lo clavaron en una cruz y colocaron una piedra sobre su tumba. Incluso establecieron vigilancia para impedir que alguien se acercara al sepulcro. Humanamente hablando, parecía que habían conseguido su objetivo. Pero ninguna piedra, ningún sello y ningún ejército pueden detener la voluntad del Dios soberano. Cuando llegó el tercer día, Cristo se levantó de entre los muertos tal como había dicho. La resurrección demuestra que la palabra de Dios siempre tiene la última palabra.

Por eso, cuando atravesamos etapas en las que todo parece perdido, debemos recordar que Dios no está limitado por lo que nuestros ojos pueden ver. Existen momentos en los que las puertas parecen cerradas, las fuerzas se terminan y las respuestas no llegan. Podemos sentir que aquello por lo cual oramos ha quedado sepultado bajo una piedra imposible de mover. Sin embargo, el mismo Dios que levantó a Jesucristo de los muertos continúa obrando con poder. Esto no significa que siempre hará exactamente lo que nosotros deseamos, pero sí significa que ninguna situación está fuera de su autoridad. La fe cristiana no descansa en circunstancias favorables, sino en un Salvador resucitado.

La canción proclama: «Esperanza viva tengo». Esa expresión resume una de las bendiciones más hermosas del evangelio. Nuestra esperanza no está sostenida por una idea, una emoción pasajera o una posibilidad incierta. Es una esperanza viva porque Jesucristo vive. Si Él hubiera permanecido en la tumba, nuestra predicación sería inútil, nuestra fe no tendría fundamento y todavía estaríamos bajo la condenación de nuestros pecados. Pero Cristo resucitó. Por tanto, el creyente puede mirar hacia el futuro con seguridad, aun cuando el presente sea difícil. Nuestra esperanza está viva porque su fundamento no puede morir.

El apóstol Pedro bendijo a Dios porque, por medio de la resurrección de Jesucristo, nos hizo renacer para una esperanza viva. Esto significa que la resurrección de Cristo no es únicamente una victoria que admiramos desde lejos; también es la fuente de nuestra nueva vida. Antes de conocer al Señor estábamos muertos espiritualmente, separados de Dios e incapaces de salvarnos a nosotros mismos. Podíamos realizar obras religiosas, intentar mejorar nuestra conducta o buscar consuelo en las cosas de este mundo, pero nada de eso podía darnos vida. Fue necesario que Dios actuara con misericordia, nos llamara por medio del evangelio y nos uniera a Cristo.

Cuando una persona cree verdaderamente en Jesús, ocurre algo más profundo que un simple cambio de opinión. Dios transforma su corazón, le concede vida espiritual y la hace partícipe de la victoria de Cristo. Por eso la canción declara: «Vida junto a Él me dio, y de la muerte me resucitó». El creyente puede decir que ha resucitado con Cristo porque ya no se encuentra bajo el dominio que antes gobernaba su vida. El pecado continúa siendo una lucha real, pero ya no es su dueño. La culpa ya no tiene la última palabra. La condenación ha sido quitada. Quien está en Cristo ha pasado de muerte a vida.

La resurrección también confirma que el sacrificio de Jesús fue aceptado por el Padre. En la cruz, Cristo llevó sobre sí el castigo que correspondía a su pueblo. Él no murió por sus propios pecados, porque nunca cometió pecado. Murió en lugar de pecadores, soportando la justicia divina y pagando completamente la deuda que nosotros jamás habríamos podido pagar. Cuando el Padre levantó a Jesús de los muertos, mostró que el sacrificio había sido suficiente, que la deuda había sido cancelada y que la obra de redención estaba completa. La tumba vacía es la garantía de nuestra justificación.

Esto trae una paz profunda al corazón del creyente. Nuestra aceptación delante de Dios no depende de que alcancemos una perfección personal, de que nunca fallemos o de que podamos presentar una vida llena de méritos propios. Somos justificados por la obra perfecta de Cristo. Esto no nos lleva a vivir descuidadamente, sino a obedecer con gratitud. Sabemos que no luchamos para ganarnos el amor de Dios, sino porque hemos sido amados en Cristo. No servimos para comprar el perdón, sino porque hemos recibido perdón. No buscamos la santidad para construir nuestra propia justicia, sino porque hemos sido revestidos de la justicia de Jesús.

La resurrección destruye también el temor definitivo de la muerte. La muerte continúa siendo dolorosa. La separación que produce causa lágrimas, silencio y duelo. La Biblia nunca trata la muerte como algo insignificante, pues la presenta como un enemigo que entró al mundo por causa del pecado. Sin embargo, para quienes pertenecen a Cristo, la muerte ya no es una puerta hacia la condenación, sino la entrada a la presencia del Señor. Su aguijón ha sido quitado porque Jesús cargó con la culpa que le daba poder para condenarnos. Cristo venció la muerte entrando en ella y saliendo victorioso.

Por eso podemos repetir con confianza la pregunta de la canción: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, sepulcro, tu victoria?». Estas palabras no niegan el dolor que sentimos cuando despedimos a alguien que amamos. Más bien declaran que el sepulcro no tendrá la victoria final. Puede recibir temporalmente el cuerpo de un creyente, pero no podrá retenerlo para siempre. Jesús prometió volver por su iglesia, y cuando Él regrese, los muertos en Cristo resucitarán. Aquellos cuerpos que fueron debilitados por la enfermedad, la edad o el sufrimiento serán levantados incorruptibles y gloriosos.

Esta verdad cambia completamente la manera en que enfrentamos el duelo. Los cristianos lloramos, pero no como quienes no tienen esperanza. Sentimos la ausencia, extrañamos la voz, el rostro y la compañía de aquellos que partieron creyendo en el Señor. No obstante, sabemos que llegará un día de reunión. La segunda venida de Cristo no será una idea simbólica, sino un acontecimiento glorioso. Las tumbas se abrirán, los muertos resucitarán y todo el pueblo de Dios estará para siempre con su Salvador. La resurrección de Jesús es la primicia de nuestra propia resurrección.

Este mensaje también nos llama a examinar dónde estamos buscando vida. Las mujeres buscaron al Viviente en un lugar destinado a los muertos. Nosotros podemos cometer un error parecido cuando buscamos satisfacción plena en cosas incapaces de darnos vida eterna. Algunas personas la buscan en el dinero, el reconocimiento, los placeres, las relaciones o el éxito. Otras intentan encontrarla en la religión externa, las tradiciones o las buenas obras. Sin embargo, todo aquello que ocupa el lugar de Cristo terminará decepcionándonos. Solo Jesús puede perdonar nuestros pecados, reconciliarnos con Dios y concedernos vida eterna.

Buscar vida fuera de Cristo es como buscar a un rey vivo dentro de una tumba vacía. Las cosas creadas pueden tener un valor legítimo, pero no fueron diseñadas para ocupar el trono del corazón. El dinero puede resolver ciertas necesidades, pero no puede limpiar la conciencia. El éxito puede producir admiración, pero no puede vencer la muerte. La religión puede darnos una apariencia respetable, pero no puede regenerar el alma. Solo el Cristo crucificado y resucitado puede salvar completamente.

La resurrección también nos impulsa a abandonar una vida dominada por el pecado. No tendría sentido afirmar que hemos sido levantados con Cristo y continuar viviendo voluntariamente como si todavía estuviéramos muertos. El evangelio no solo nos ofrece consuelo para después de la muerte; también transforma nuestra manera de vivir ahora. Si Cristo vive, entonces debemos buscar las cosas de arriba, amar lo que Él ama, rechazar lo que Él aborrece y caminar en obediencia. La misma gracia que perdona es la gracia que enseña, corrige y santifica.

Esto no significa que el creyente nunca volverá a tropezar. Mientras estemos en este mundo tendremos luchas, tentaciones y momentos de debilidad. La diferencia está en que ya no podemos sentirnos cómodos permaneciendo en aquello de lo cual Cristo vino a liberarnos. Cuando pecamos, somos llamados al arrepentimiento, a confesar nuestra falta y a volver al Señor. Hay perdón en Él, no porque el pecado sea pequeño, sino porque su sacrificio fue perfecto. La resurrección nos recuerda que la gracia de Dios es más poderosa que nuestro fracaso y que en Cristo siempre existe un camino de restauración para el que se arrepiente.

Además, saber que Jesús vive nos da valor para perseverar en medio de la persecución, el rechazo y la oposición. Los primeros cristianos anunciaron la resurrección en un ambiente hostil. Muchos fueron amenazados, encarcelados y golpeados, pero continuaron proclamando que Jesús era el Señor. No estaban defendiendo una teoría religiosa, sino testificando acerca de un Rey vivo. Sabían que incluso si perdían la vida por causa del evangelio, Cristo los levantaría en el día final. La certeza de la resurrección les quitó a sus enemigos el arma del miedo.

Nosotros necesitamos recuperar esa misma convicción. Es fácil hablar de fe cuando todo marcha bien, pero el poder de nuestra esperanza se hace evidente cuando permanecemos firmes en medio de la prueba. Tal vez alguien se burle de nuestra fe, quizá enfrentemos rechazo por obedecer la Palabra o tengamos que renunciar a ciertas oportunidades para mantener una conciencia limpia. En esos momentos debemos recordar que Cristo vive, reina y volverá. Ningún sacrificio hecho por amor a Él será inútil. La resurrección garantiza que nuestro trabajo en el Señor no es en vano.

También debemos preguntarnos si vivimos como personas que realmente esperan el regreso de Cristo. A veces podemos afirmar que Jesús volverá y, al mismo tiempo, construir nuestra vida como si este mundo fuera nuestro hogar definitivo. Nos aferramos a lo temporal, nos consumimos por preocupaciones materiales y olvidamos que esperamos una herencia incorruptible. La esperanza de la resurrección nos ayuda a poner cada cosa en su lugar. Nos enseña a disfrutar las bendiciones presentes sin convertirlas en ídolos y a soportar las pérdidas sabiendo que lo mejor todavía está por venir.

Cuando Cristo vuelva, no habrá más tumbas, despedidas, enfermedades ni dolor. La muerte será destruida definitivamente. Todo aquello que hoy produce lágrimas habrá quedado atrás. Veremos al Señor cara a cara y seremos transformados a su imagen. Esa esperanza no es una fantasía creada para escapar de la realidad; descansa en el hecho histórico de que Jesús salió corporalmente del sepulcro. Porque Él resucitó, nosotros también resucitaremos.

Sin embargo, esta promesa gloriosa pertenece a quienes están unidos a Cristo por medio de la fe. No basta con admirar la historia de la resurrección, escuchar canciones acerca de ella o participar en celebraciones religiosas. Cada persona debe responder al evangelio. Debemos reconocer nuestro pecado, abandonar toda confianza en nuestros propios méritos y creer en Jesucristo como Señor y Salvador. Él murió y resucitó para salvar a todos los que se acercan a Dios por medio de Él. La invitación del evangelio permanece abierta: ven a Cristo, confía en su obra y recibe vida eterna.

Para el creyente cansado, la resurrección es una fuente de nuevas fuerzas. Tal vez has atravesado días en los que tu corazón se siente abatido, tus oraciones parecen débiles y tu fe es sacudida por las circunstancias. Mira nuevamente la tumba vacía. El Señor al que oras no está muerto ni distante. Él vive, intercede por los suyos y sostiene a quienes confían en Él. Su poder no ha disminuido y su amor no ha cambiado. Aunque no comprendas todo lo que está ocurriendo, puedes descansar en que el mismo Jesús que venció la muerte está contigo.

Para quien vive bajo el peso de la culpa, la resurrección anuncia que existe perdón verdadero. Si has confiado en Cristo, no necesitas continuar intentando pagar una deuda que Él ya pagó. El enemigo puede recordarte constantemente tus pecados pasados, pero la respuesta del evangelio no es negar que fallaste, sino señalar que Jesús murió por pecadores y fue levantado para su justificación. Tu esperanza no está en la perfección de tu historia, sino en la perfección de su obra. La sangre de Cristo limpia y su resurrección confirma que el perdón ha sido asegurado.

Para quien teme la muerte, la tumba vacía proclama que el final del creyente no es el sepulcro. Nuestro cuerpo puede debilitarse y la vida terrenal puede terminar, pero el Señor nos levantará. La muerte ya no puede separar al creyente del amor de Dios. Al contrario, nos lleva a estar con Cristo mientras esperamos la resurrección final. Podemos vivir con sabiduría, aprovechar nuestros días y servir con fidelidad, no porque ignoremos la realidad de la muerte, sino porque sabemos que ha sido vencida.

Y para la iglesia, la resurrección es el mensaje que nunca debe dejar de proclamar. No fuimos enviados simplemente a ofrecer consejos de superación personal, entretenimiento religioso o palabras agradables. Hemos sido llamados a anunciar que el Hijo de Dios murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y ahora manda a todos a arrepentirse y creer. Este es el mensaje que transforma corazones, rompe cadenas y da esperanza eterna. El mundo necesita escuchar que Jesús vive hoy.

Por tanto, cantemos estas verdades no solo con nuestros labios, sino también con nuestra manera de vivir. Que cada decisión muestre que pertenecemos a un Salvador resucitado. Que nuestras pruebas sean enfrentadas con esperanza, nuestros pecados con arrepentimiento, nuestro servicio con perseverancia y nuestro futuro con confianza. La piedra fue removida, el sepulcro quedó vacío y la promesa fue cumplida. Cristo resucitó, reina a la diestra del Padre y volverá por su pueblo.

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien por su gran misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva. No estamos siguiendo el recuerdo de un maestro muerto, sino adorando a un Rey victorioso. No caminamos hacia una oscuridad incierta, sino hacia el día glorioso de la resurrección. No somos esclavos del pecado ni prisioneros del temor, porque Cristo nos ha dado vida. Él vive hoy, y porque Él vive, tenemos perdón, esperanza, fuerza para perseverar y la seguridad de que la muerte no tendrá la victoria final.