Si tan solo tocare el borde de Su manto
Si tan solo pudiera ver Su rostro
Si tan solo pudiera tocar Sus manos
Libre sería, yo sé.
Si tan solo tacare el borde de Su manto
Si tan solo pudiera oír Su voz
Si tan solo pudiera acercarme a Él
Libre sería, yo sé.
Coro:
Porque delante de Ti
Solo soy alguien que necesita
Un toque del Maestro
Para ser liberado.
Porque delante de Ti
Solo soy alguien que necesita
Una mirada de mi Salvador.
Estrofa:
Si tan solo tocare el borde de Su manto
Si tan solo pudiera ver Su rostro
Si tan solo pudiera tocar Tus manos Señor
Libre sería, yo sé.
Coro:
//Porque delante de Ti
Solo soy alguien que necesita
Un toque del Maestro
Para ser liberado.
Porque delante de Ti
Solo soy alguien que necesita
Una mirada de mi Salvador//
Su nombre es Jesús
(Instrumental)
Coro:
Porque delante de Ti
Solo soy alguien que necesita
Un toque del Maestro
Para ser liberado.
Porque delante de Ti
Solo soy alguien que necesita
Una mirada de mi Salvador
Final(x5):
Jesús
Jesús
Jesús
Nombre sin igual
Reflexión: Un toque del Maestro
La expresión “si tan solo tocara el borde de Su manto” encierra una de las confesiones de fe más humildes y profundas que puede brotar del corazón humano. No es la voz de quien exige, ni de quien presume méritos, sino la de quien reconoce su necesidad absoluta. Es la fe del que sabe que no tiene nada que ofrecer, pero que ha oído que en Cristo hay poder para sanar, restaurar y liberar.
Esta frase nos lleva inevitablemente al relato bíblico de aquella mujer enferma que, tras años de sufrimiento, se acercó a Jesús convencida de que un solo toque bastaría. Su fe no fue ruidosa ni ostentosa; fue silenciosa, persistente y llena de esperanza. No buscó atención, no reclamó derechos, simplemente se acercó con la certeza de que Jesús era suficiente.
El deseo de ver Su rostro, oír Su voz y tocar Sus manos expresa una búsqueda genuina de intimidad con Cristo. No se trata solo de recibir un milagro, sino de encontrarse con la persona del Salvador. Muchas veces queremos el beneficio sin el encuentro, la respuesta sin la relación. Sin embargo, el verdadero anhelo del alma es conocer a Cristo, no solo experimentar su poder.
La libertad que se menciona no es meramente física ni circunstancial. Es una libertad más profunda: libertad del miedo, de la culpa, de la condenación y del peso del pecado. El evangelio no promete una vida sin problemas, pero sí una vida libre del dominio que antes ejercía el pecado sobre nosotros. Esa libertad comienza cuando nos acercamos a Cristo con fe sincera.
La confesión “delante de Ti solo soy alguien que necesita” desarma todo orgullo espiritual. Ante Dios no hay rangos, títulos ni logros que impresionen. Todos comparecemos con la misma realidad: somos necesitados de gracia. Esta postura es esencial para una fe auténtica. Dios resiste al orgulloso, pero da gracia al humilde.
Reconocerse como alguien que necesita un toque del Maestro es aceptar que no podemos sanarnos a nosotros mismos. Vivimos en una cultura que exalta la autosuficiencia, pero el evangelio nos lleva por el camino opuesto: la dependencia. La verdadera sanidad comienza cuando dejamos de fingir fortaleza y reconocemos nuestra fragilidad delante de Dios.
El toque de Jesús no es mecánico ni impersonal. Cuando Él toca, lo hace con propósito y amor. En los evangelios, cada toque de Jesús restaura dignidad, devuelve identidad y abre un futuro nuevo. Su toque no solo cambia circunstancias, cambia personas. Por eso, no es extraño que el alma clame por ese encuentro.
La necesidad de una mirada del Salvador es igualmente significativa. En la Biblia, la mirada de Jesús nunca fue indiferente. Él miró con compasión al rico, con misericordia al pecador y con amor al que estaba quebrado. Una sola mirada suya basta para revelar quiénes somos y, al mismo tiempo, quiénes podemos llegar a ser en Él.
Delante de Cristo caen las máscaras. No podemos escondernos ni aparentar. Y, paradójicamente, ese es el lugar más seguro para estar. Porque Jesús no rechaza al que se acerca con necesidad sincera. Él no desprecia al corazón contrito y humillado. Al contrario, es a esos a quienes promete descanso.
El énfasis repetido en acercarse a Él refleja una verdad espiritual esencial: la fe se expresa en movimiento. No basta con admirar a Cristo desde lejos; la fe verdadera se atreve a dar pasos, aun cuando tiemble. Acercarse implica riesgo, vulnerabilidad y esperanza. Pero también implica la posibilidad real de transformación.
El nombre de Jesús ocupa un lugar central y final en esta confesión. No es un nombre más entre otros, ni una etiqueta religiosa. Es el nombre que representa salvación, autoridad y vida. En Él hay poder para perdonar, sanar y restaurar. Pronunciar su nombre no es un acto mágico, sino una confesión de fe en quien Él es.
Repetir su nombre no es redundancia vacía; es adoración. El corazón humano necesita recordar una y otra vez dónde está su esperanza. En un mundo lleno de nombres que prometen y no cumplen, el nombre de Jesús permanece fiel. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
Esta reflexión nos confronta con una pregunta honesta: ¿cómo nos acercamos a Cristo? ¿Con exigencias o con necesidad? ¿Con orgullo o con humildad? El evangelio no se recibe con manos llenas, sino con manos vacías. Solo quien reconoce su necesidad puede experimentar la plenitud que Cristo ofrece.
El toque del Maestro sigue siendo suficiente hoy. No importa cuán larga haya sido la enfermedad del alma, cuán profunda la herida o cuán pesada la carga. Cristo no ha perdido su poder ni su compasión. Él sigue respondiendo a la fe humilde que se acerca con esperanza.
Que esta verdad quede grabada en el corazón: delante de Dios no necesitamos aparentar fortaleza, solo acercarnos. No necesitamos discursos elaborados, solo fe sincera. Y no necesitamos múltiples soluciones, porque un solo toque del Maestro basta.
Jesús. Nombre sin igual. Nombre que sana, que libera y que da vida. Que ese nombre sea siempre el centro de nuestra fe, nuestra oración y nuestra esperanza.