Santo

Coro:
Santo, Santo, Santo
Santo es el Señor
Santo, Santo, Santo
Y digno de loor
Santo, Santo, Santo
Santo es el Señor
Mi alma te rinde adoración

Tu gloria cubre el templo
Te puedo sentir
Me postro en Tu prescencia
Soy indigno sí
Me tocas con Tu Espíritu
Ya puedo entrar
A contemplar Tu santidad

Coro:
Santo, Santo, Santo
Santo es el Señor
Santo, Santo, Santo
Y digno de loor
Santo, Santo, Santo
Santo es el Señor
Mi alma te rinde adoración

Tu gloria cubre el templo
Te puedo sentir
Me postro en Tu prescencia
Soy indigno sí
Me tocas con Tu Espíritu
Ya puedo entrar
A contemplar Tu santidad

Coro:
Santo, Santo, Santo
Santo es el Señor
Santo, Santo, Santo
Y digno de loor
Santo, Santo, Santo
Santo es el Señor
Mi alma te rinde adoración

Puente:
Ahora con manos limpias
Y corazón puro
Puedo subir al monte
De tu santidad

Coro(x4):
Santo, Santo, Santo
Santo es el Señor
Santo, Santo, Santo
Y digno de loor
Santo, Santo, Santo
Santo es el Señor
Mi alma te rinde adoración


Reflexión: Santo es el Señor

Pocas palabras resumen con tanta fuerza quién es Dios como la palabra “Santo”. Cuando la Biblia quiere mostrarnos la majestad del Señor, su pureza absoluta y su separación de todo pecado, una y otra vez utiliza este término. Decir que Dios es santo no significa solamente que Él es moralmente perfecto. Significa también que es completamente único, incomparable y distinto de todo lo creado. Su santidad pertenece al centro mismo de su identidad.

Isaías 6 presenta una de las escenas más impresionantes de toda la Escritura. El profeta contempla al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, mientras los serafines proclaman: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”. No dicen simplemente que Dios es poderoso, sabio o misericordioso. Repiten tres veces la palabra santo, enfatizando de manera extraordinaria la perfección de su naturaleza.

La misma declaración aparece nuevamente en Apocalipsis 4:8, donde los seres vivientes proclaman día y noche: “Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso”. Esto significa que desde la visión de Isaías hasta la visión celestial de Juan, la santidad continúa ocupando un lugar central en la adoración de Dios. El cielo no se cansa de proclamar quién Él es.

Cuando comprendemos aunque sea parcialmente la santidad de Dios, nuestra respuesta natural debería ser reverencia. Isaías no contempló aquella gloria y comenzó a exaltarse a sí mismo. Todo lo contrario. Exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios… han visto mis ojos al Rey”. La verdadera visión de Dios produce humildad.

Esto es importante porque el ser humano tiene una tendencia constante a compararse con otros. Podemos sentirnos moralmente superiores cuando miramos los errores de quienes nos rodean. Pero cuando dejamos de compararnos horizontalmente y miramos hacia la santidad de Dios, toda nuestra autosuficiencia desaparece. Él es el estándar.

Romanos 3:23 declara: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. La Escritura no divide a la humanidad entre personas perfectas y personas imperfectas. Todos necesitamos gracia. Algunos pecados pueden tener consecuencias sociales más visibles que otros, pero nadie puede presentarse delante del Dios santo apoyándose en su propia justicia.

Por eso la confesión “soy indigno” tiene sentido cuando nace de una comprensión bíblica de quién es Dios. Sin embargo, la indignidad del pecador no es el final de la historia. Isaías reconoce su pecado, pero Dios interviene. Uno de los serafines toma un carbón encendido del altar, toca sus labios y anuncia que su culpa ha sido quitada y su pecado perdonado.

Esta escena anticipa una verdad que encuentra su cumplimiento pleno en Cristo: el Dios santo también es el Dios que purifica al pecador. Nosotros no podemos limpiarnos suficientemente para entrar en su presencia. Necesitamos que Dios mismo provea el medio de reconciliación.

Ese medio es Jesucristo. Hebreos 10:19 dice que tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús. Esta afirmación habría sido impresionante para cualquier lector familiarizado con el Antiguo Testamento. El lugar santísimo representaba la presencia especial de Dios y estaba restringido de manera extraordinaria. Solamente el sumo sacerdote podía entrar, y únicamente una vez al año.

Pero ahora, por medio de Cristo, todos los creyentes tienen acceso al Padre. No porque Dios haya dejado de ser santo, sino porque la santidad y la justicia de Dios fueron plenamente satisfechas en la obra de Cristo. El acceso no depende de nuestra perfección, sino de la de Jesús.

Hebreos 4:16 nos invita entonces a acercarnos “confiadamente al trono de la gracia”. Hay algo maravilloso en esta combinación. Sigue siendo un trono: Dios sigue siendo Rey. Pero para quienes están en Cristo es también un trono de gracia. Podemos acercarnos con reverencia y, al mismo tiempo, con confianza.

La presencia de Dios no debería producir frivolidad. Si entendemos quién es Él, nuestra adoración estará marcada por respeto. Pero tampoco debería producir en el creyente un terror que lo haga huir, porque Cristo ha abierto el camino. Reverencia y confianza pueden existir juntas.

La Biblia también habla de la gloria de Dios llenando el templo. En 1 Reyes 8, durante la dedicación del templo de Salomón, una nube llenó la casa de Jehová de tal manera que los sacerdotes no podían permanecer allí para ministrar. Era una señal visible de la presencia gloriosa de Dios entre su pueblo.

Sin embargo, Salomón comprendía que ningún edificio podía contener realmente a Dios. En la misma oración declaró: “He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener”. Dios no está limitado por un templo. Él es infinitamente mayor que cualquier estructura humana.

En el Nuevo Testamento ocurre algo todavía más extraordinario. La iglesia es descrita como templo del Espíritu Santo. Primera de Corintios 3:16 pregunta: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”. La presencia de Dios ya no está vinculada de la misma manera a un edificio particular.

Esto significa que debemos tener cuidado cuando utilizamos expresiones como “aquí está la presencia de Dios” exclusivamente para referirnos a un lugar físico o a un momento musical. El Espíritu Santo habita en los creyentes. Dios está con su iglesia. Su presencia no comienza cuando empieza una canción ni termina cuando termina una reunión.

Esto no elimina la realidad de que podemos experimentar de manera especial la comunión con Dios. Hay momentos de oración, predicación o adoración en los que somos particularmente conscientes de su grandeza. Pero debemos interpretar esas experiencias a la luz de la verdad bíblica, no depender únicamente de sensaciones.

La fe cristiana nunca descansa finalmente en “lo que sentí”. Los sentimientos son reales, pero pueden variar. Hay días en los que una persona puede sentirse profundamente conmovida durante la adoración y otros donde experimenta sequedad. Dios no cambia entre un día y otro.

Hebreos 13:8 dice: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos”. Nuestra seguridad descansa en su carácter y sus promesas. Por eso podemos adorar incluso en momentos donde nuestras emociones no son intensas.

La frase “me postro en tu presencia” expresa una postura frecuente en la Biblia. Postrarse es reconocer autoridad y superioridad. Abraham se postró delante del Señor. Moisés inclinó su rostro. Los discípulos adoraron a Cristo.

La postura física no es lo principal, pero representa una realidad interior importante. Podemos estar de pie y tener un corazón rendido, o estar arrodillados mientras seguimos llenos de orgullo. Dios mira más profundamente que nuestra posición externa.

Jesús dijo en Mateo 15:8, citando a Isaías: “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí”. Esto nos recuerda que adoración verdadera no es simplemente repetir palabras correctas. Dios busca una respuesta sincera del corazón.

Por eso la expresión “mi alma te rinde adoración” es tan significativa. La adoración involucra todo nuestro ser. Jesús enseñó que debemos amar al Señor con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerzas. No existe una parte de nuestra vida que deba permanecer fuera de su señorío.

Nuestra adoración se demuestra no solamente cuando cantamos “Santo”, sino cuando decidimos vivir de una manera coherente con la santidad de Aquel a quien adoramos. Primera de Pedro 1:15-16 dice: “como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”.

Aquí encontramos una conexión fundamental: contemplar la santidad de Dios debe producir un deseo de santidad en nosotros. La adoración que nunca transforma nuestra conducta necesita ser examinada. No podemos celebrar la pureza de Dios mientras deliberadamente protegemos aquello que Él condena.

Esto no significa que alcanzaremos perfección absoluta en esta vida. Los creyentes continúan luchando contra el pecado. Pero existe una nueva dirección. La persona que ha sido regenerada ya no puede sentirse completamente cómoda haciendo del pecado un estilo de vida.

Romanos 6 pregunta: “¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”. Pablo responde inmediatamente: “En ninguna manera”. La gracia que perdona también comienza a transformar.

Cuando la Escritura habla de manos limpias y corazón puro, encontramos una referencia directa al Salmo 24. Allí se pregunta: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?”. La respuesta es: “El limpio de manos y puro de corazón”.

Las manos representan nuestras acciones; el corazón representa la realidad interior. Dios no se interesa únicamente en una apariencia religiosa externa. Quiere integridad. Podemos hacer cosas correctas frente a otros y todavía guardar motivaciones impuras dentro.

Jesús confrontó repetidamente la hipocresía precisamente por eso. Algunos líderes religiosos cuidaban mucho su imagen externa mientras descuidaban justicia, misericordia y fidelidad. Cristo los comparó con sepulcros blanqueados: hermosos por fuera, pero contaminados por dentro.

La santidad bíblica incluye ambas dimensiones. Importa lo que hacemos y también por qué lo hacemos. Importan nuestras palabras públicas y nuestros pensamientos privados. Importa cómo vivimos cuando otros nos observan y cómo vivimos cuando nadie más está mirando.

Esto podría producir desesperación si nuestra esperanza estuviera puesta en alcanzar una pureza perfecta mediante nuestros propios esfuerzos. Pero el evangelio nos recuerda que primero somos limpiados por Cristo. Primera de Juan 1:7 dice que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”.

Nuestra santificación comienza con una obra que nosotros no podemos realizar. Cristo limpia, perdona y justifica. Luego el Espíritu Santo continúa transformándonos progresivamente.

Primera de Corintios 6:11 describe a personas que habían vivido en diversos pecados y después declara: “ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús”. El evangelio no solamente describe quiénes éramos; anuncia lo que Dios ha hecho.

Por eso un creyente nunca debería mirar su pasado y concluir que está demasiado contaminado para acercarse a Cristo. Si existe arrepentimiento verdadero, el perdón está disponible. Isaías 1:18 declara: “si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos”.

El problema no es haber pecado demasiado para la gracia, sino negarse a venir al único que puede limpiar. Jesús dijo en Juan 6:37: “al que a mí viene, no le echo fuera”.

Al mismo tiempo, la gracia nunca debe utilizarse como excusa para permanecer voluntariamente en pecado. Tito 2:11-12 enseña que la gracia de Dios nos enseña a renunciar a la impiedad y a vivir sobria, justa y piadosamente.

Por tanto, cuando pedimos manos limpias y corazón puro, no estamos afirmando que hemos alcanzado perfección. Estamos expresando dependencia: “Señor, límpiame y continúa transformándome”.

David hizo una oración semejante después de su pecado: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10). David no intentó ocultar su culpa detrás de ceremonias. Reconoció que necesitaba una obra interna de Dios.

La santidad comienza en el corazón y se manifiesta hacia afuera. Cuando Dios transforma nuestros deseos, nuestras acciones comienzan a cambiar. Por eso Proverbios 4:23 nos dice que guardemos el corazón, porque de él mana la vida.

También debemos comprender que la santidad no consiste simplemente en una larga lista de prohibiciones. Ser santo significa ser apartado para Dios. Implica pertenecerle y vivir conforme a su propósito.

Esto da una dimensión positiva a la santificación. No se trata solamente de aquello que dejamos de hacer. También se trata de aquello que comenzamos a amar: la verdad, la justicia, la misericordia, la pureza, la humildad y el servicio.

Gálatas 5 presenta el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. Una vida santa debería producir cada vez más estas cualidades.

A veces podemos confundir santidad con dureza. Pensamos que una persona santa necesariamente será fría o distante. Pero Jesucristo fue perfectamente santo y, al mismo tiempo, recibió a niños, mostró compasión a los enfermos y tuvo misericordia de pecadores arrepentidos.

La santidad de Cristo nunca estuvo separada de su amor. De la misma manera, nuestro crecimiento espiritual debería hacernos más parecidos a Él, no más orgullosos ni menos compasivos.

La adoración celestial también nos enseña algo acerca del propósito final de nuestra existencia. En Apocalipsis, criaturas y ancianos continuamente dan gloria a Dios. La eternidad no será aburrimiento, sino contemplación cada vez más profunda de una gloria inagotable.

Apocalipsis 5 presenta a multitudes proclamando que el Cordero es digno. Cristo aparece como aquel que fue inmolado y que compró para Dios un pueblo mediante su sangre. La santidad y la redención convergen alrededor del trono.

El Dios santo no abandonó a los pecadores sin esperanza. Envió a su Hijo. Y el Hijo santo tomó sobre sí nuestra culpa para presentarnos delante del Padre.

Colosenses 1:22 dice que Cristo nos reconcilió “para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él”. Ese es uno de los grandes propósitos de la redención.

Llegará un día en que la lucha contra el pecado terminará completamente. Primera de Juan 3:2 dice que cuando Cristo se manifieste “seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. La visión de Cristo y nuestra transformación final estarán inseparablemente unidas.

Por ahora seguimos en proceso. A veces avanzamos y otras veces tropezamos. Pero Filipenses 1:6 promete que Aquel que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.

Esta promesa nos da esperanza sin producir complacencia. Dios continuará su obra, y nosotros somos llamados a responder con obediencia. Filipenses 2 combina ambas verdades cuando nos llama a ocuparnos en nuestra salvación mientras afirma que Dios produce en nosotros el querer y el hacer.

La presencia del Espíritu Santo es esencial en este proceso. Romanos 8 enseña que quienes pertenecen a Cristo tienen el Espíritu y son llamados a hacer morir las obras de la carne por medio de Él.

Por eso la santificación no es simplemente fuerza de voluntad religiosa. Es una obra en la que dependemos continuamente del poder de Dios. Nosotros obedecemos, luchamos y tomamos decisiones, pero lo hacemos confiando en la gracia que Él proporciona.

Cuando alguien canta acerca de ser tocado por el Espíritu, debemos recordar que la obra más importante del Espíritu no consiste únicamente en producir sensaciones. Jesús dijo que el Espíritu convencería de pecado y glorificaría a Cristo.

El Espíritu abre nuestros ojos para comprender la verdad, nos lleva al arrepentimiento, produce fruto y conforma nuestro carácter a la imagen de Jesús. Donde el Espíritu obra verdaderamente, Cristo es exaltado y el pecado es confrontado.

Esto nos ayuda a discernir nuestra propia experiencia espiritual. No debemos preguntarnos solamente: “¿Sentí algo?”, sino también: “¿Estoy amando más a Cristo? ¿Tengo mayor deseo de obedecer? ¿Estoy creciendo en humildad y dominio propio?”.

La emoción puede acompañar una obra verdadera de Dios, y muchas veces lo hace. Pero el fruto duradero es una evidencia mucho más importante.

Contemplar la santidad de Dios también debería transformar nuestra manera de adorar congregacionalmente. Venimos ante un Rey. Esto merece reverencia, pero también alegría. El Salmo 100 dice: “Servid a Jehová con alegría; venid ante su presencia con regocijo”.

Reverencia no significa necesariamente tristeza o rigidez. Podemos cantar con gozo, levantar nuestra voz y celebrar la gracia de Dios. La pregunta es si lo hacemos conscientes de quién es Él.

De la misma manera, solemnidad no garantiza reverencia. Una persona puede permanecer completamente seria y todavía tener el corazón distante. Dios mira más allá de la forma externa.

La adoración cristiana debería estar llena de verdad, gratitud y asombro. Cuando cantamos “Santo es el Señor”, estamos uniéndonos de alguna manera a una declaración que atraviesa toda la historia bíblica y continúa en el cielo.

Estamos confesando que Dios no tiene comparación. Éxodo 15:11 pregunta: “¿Quién como tú, oh Jehová, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad?”. La respuesta es evidente: nadie.

Los seres humanos pueden impresionarnos con inteligencia, autoridad o talento. Los líderes pueden alcanzar enorme influencia. Pero ninguna criatura merece la adoración que pertenece exclusivamente a Dios.

Isaías 42:8 declara: “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria”. Esta verdad protege a la iglesia de poner hombres en lugares que solamente corresponden al Señor.

Podemos agradecer por pastores, maestros, músicos y otros siervos, pero nunca debemos convertirlos en el centro de nuestra adoración. Todo verdadero ministerio debe apuntar hacia Cristo.

Juan el Bautista expresó la actitud correcta cuando dijo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30). Esa debería ser la aspiración de todo creyente que sirve públicamente.

Si nuestra adoración termina haciendo grande nuestro nombre, algo se ha desviado. Si termina haciendo grande a Cristo, ha cumplido su propósito.

También necesitamos recuperar un sentido profundo del asombro. La familiaridad con el lenguaje cristiano puede hacernos olvidar la magnitud de aquello que confesamos. Decimos que Dios creó el universo, sostiene todas las cosas, conoce cada pensamiento y gobierna sobre la historia, pero podemos pronunciar estas verdades sin detenernos a maravillarnos.

El Salmo 8 muestra a David mirando los cielos y preguntando: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”. La contemplación de la grandeza de Dios lo llevó a maravillarse de que el Creador se ocupara de seres humanos tan pequeños.

Esa pregunta se vuelve todavía más impresionante cuando miramos la cruz. El Dios santo no solamente se acordó de nosotros; el Hijo se hizo hombre y entregó su vida.

Filipenses 2 dice que Cristo se humilló hasta la muerte de cruz. El Santo entró en nuestro mundo caído sin participar de nuestro pecado. Vivió la obediencia que nosotros no podíamos ofrecer y murió la muerte que nosotros merecíamos.

Por eso la santidad de Dios no debería alejarnos del evangelio, sino llevarnos directamente a él. Cuanto más comprendemos su santidad, mejor entendemos la gravedad del pecado. Y cuanto mejor entendemos nuestro pecado, más gloriosa aparece la gracia de Cristo.

La cruz demuestra que Dios no trata el pecado como algo insignificante. Pero también demuestra que su amor por sus redimidos es inmenso. Romanos 5:8 afirma que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.

Podemos entonces postrarnos delante de Él, no intentando comprar su favor, sino agradecidos porque el favor inmerecido ya nos fue concedido en Cristo.

Esta gratitud debe acompañarnos cada día. No solamente durante una canción. Cuando resistimos una tentación, estamos adorando. Cuando pedimos perdón, estamos reconociendo su santidad. Cuando mostramos integridad, estamos honrando su carácter.

Cuando cuidamos nuestros pensamientos, nuestras palabras y aquello que permitimos entrar a nuestro corazón, demostramos que deseamos vivir como personas apartadas para Dios.

La santidad toca también nuestras relaciones. Efesios 4 nos llama a abandonar mentira, amargura, gritería y malicia, y a ser benignos y misericordiosos. No podemos hablar de santidad solamente en términos de asuntos privados mientras tratamos mal a los demás.

Santiago incluso relaciona la religión pura con cuidar a personas vulnerables y guardarse sin mancha del mundo. Una vida santa combina pureza y misericordia.

Por eso debemos pedir al Señor no solamente experiencias más profundas, sino un carácter más parecido al suyo. Podemos orar: “Muéstrame tu santidad y transforma aquello en mí que no refleja tu carácter”.

Esa oración puede resultar incómoda porque Dios puede mostrar áreas que necesitan arrepentimiento. Pero es una expresión de amor verdadero. Hebreos 12 enseña que Dios disciplina a quienes recibe como hijos.

Su corrección no demuestra abandono, sino paternidad. Dios está comprometido con nuestra transformación. Hebreos 12:10 dice que nos disciplina “para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad”.

El propósito final no es simplemente hacernos personas más disciplinadas, sino personas más semejantes a Cristo.

Y aunque ahora vemos nuestra santidad de manera incompleta, existe una promesa futura. Apocalipsis 21 describe una ciudad donde nada inmundo entrará. Allí el pueblo redimido vivirá para siempre en la presencia de Dios.

Ya no existirá lucha contra el pecado. No habrá más culpa, tentación ni corrupción. La obra de redención habrá alcanzado su consumación.

Entonces podremos contemplar la santidad de Dios sin temor de condenación, porque estaremos completamente conformados a la imagen de Cristo. Veremos su rostro y serviremos delante de Él.

Mientras esperamos ese día, nuestra respuesta sigue siendo la misma: “Santo, santo, santo es el Señor”. Lo confesamos cuando entendemos y también cuando todavía estamos aprendiendo. Lo proclamamos en días de gozo y en días de prueba.

Dios continúa siendo santo cuando nuestra vida marcha como esperábamos y cuando nuestros planes se derrumban. Su carácter no depende de nuestras circunstancias.

Podemos entonces acercarnos con humildad, reconociendo nuestra indignidad, pero también con confianza, recordando la suficiencia de Cristo. Podemos pedir manos limpias y corazón puro, sabiendo que el mismo Dios que exige santidad es quien obra en nosotros para transformarnos.

Que nuestras palabras de adoración nunca se conviertan en una repetición vacía. Que cada vez que confesemos que Dios es santo recordemos que estamos hablando del Rey ante quien los serafines cubren sus rostros, del Creador ante quien la tierra tiembla y del Padre que, por medio de Cristo, nos ha permitido acercarnos.

Y que esa visión produzca en nosotros una vida diferente: más humilde, más limpia, más obediente y más centrada en Jesús.

Porque al final, toda verdadera adoración comienza y termina en la misma realidad: Él es santo, Él es digno, Él es Señor y solamente a Él pertenece toda la gloria.