Estrofa: (I)
A veces me encuentro en alta mar
Cansado sin fuerzas para nadar
Los vientos se aumentan, ¿Cómo esperar?
Si no puedo respirar
Cuando estás en el silencio
Cuando Te busco y no Te encuentro
Cuando Te llamo y no Te siento
Mi último remedio
Coro:
Es un grito de desespero
Un grito de desespero
Un grito de desespero
Es lo que yo tengo muy a dentro
Un grito de desespero
Un grito de desespero
Un grito de desespero
Es mi último remedio
Estrofa: (II)
A veces no sé cómo expresarme
Y llorando es que puedo desahogarme
En mi afán tiendo a impacientarme
Y no puedo continuar.
Aunque a Tus promesas yo soy ciego
con escamas de la duda, no lo niego
Sé que el clamor tiene un efecto
Y Tu repuesta es la que espero.
Penina se ríe, se burla de mí
Lo que ella no sabe es que me acerca a Ti
El diablo me empuja, desea mi caída
Pero todavía queda una última movida
Coro:
Un grito de desespero
Un grito de desespero
Un grito de desespero
Es lo que yo tengo muy adentro
Un grito de desespero
Un grito de desespero
Un grito de desespero
Es lo único que tengo
Suelta un grito de desespero
Suelta un grito de desespero
Suelta un grito de desespero
Si es tu último remedio
Puente:
//El diablo le tiene miedo
A un grito de desespero
porque un grito de desespero
me acerca a Ti aunque esté lejos//
Coro:
Un grito de desespero
Un grito de desespero
Un grito de desespero
Es lo que yo tengo muy adentro.
Suelto un grito
Un grito de desespero
Un grito
Un grito
Jesús, Jesús, Jesús, Jesús
Es un grito de desespero
Llama a Jesús (Jesús)
Llama a Jesús (Jesús)
(Jesús) Es un grito
(Jesús) de desespero
(Jesús) Llama a Jesús
(Jesús) Llama a Jesús
(Jesús) Él se llama
(Jesús) Él se llama
(Jesús) Él se llama
(Jesús) Él se llama
(Jesús) Clama hoy
(Jesús) Liberta hoy
(Jesús) Su nombre
El grito de desespero no es simplemente una expresión emocional; es una declaración espiritual. Es el momento en el que el alma, agotada de luchar con sus propias fuerzas, reconoce que ya no puede más y decide clamar a Dios. A lo largo de la Biblia encontramos innumerables ejemplos de hombres y mujeres que llegaron a ese punto crítico, donde el clamor fue más fuerte que la razón, más profundo que las palabras y más sincero que cualquier oración ensayada.
Muchas veces pensamos que la fe se manifiesta solo cuando estamos firmes, seguros y llenos de gozo, pero la realidad es que una de las expresiones más puras de fe nace precisamente en el desespero. Cuando todo parece oscuro, cuando Dios guarda silencio, cuando oramos y no sentimos respuesta inmediata, es ahí donde el corazón se desnuda por completo delante del Señor. El grito de desespero no es incredulidad; es dependencia absoluta.
La letra de esta canción refleja una experiencia común en la vida cristiana: sentirse en alta mar, sin fuerzas para nadar, con vientos que aumentan y un cuerpo que ya no puede respirar. Esa imagen describe con precisión los momentos de crisis espiritual, emocional y mental que todos enfrentamos. Sin embargo, aun en medio de ese caos, hay algo que permanece: la capacidad de clamar. Cuando ya no hay palabras bonitas, cuando no hay fuerzas para largas oraciones, queda el grito.
El silencio de Dios es una de las pruebas más difíciles de soportar. Buscarlo y no sentirlo, llamarlo y no escucharlo, puede generar frustración, dudas y lágrimas. Pero la ausencia de respuesta inmediata no significa ausencia de Dios. Muchas veces Él está obrando en lo profundo, moldeando nuestro carácter, enseñándonos a confiar más allá de las emociones. El grito de desespero atraviesa ese silencio y llega directamente al corazón de Dios.
En la Escritura vemos cómo el clamor sincero tiene poder. Ana, por ejemplo, fue menospreciada y burlada por Penina, pero en su aflicción derramó su alma delante del Señor. Su oración no fue elocuente, fue intensa. No fue larga, fue profunda. Dios escuchó ese clamor y respondió en Su tiempo. Así ocurre también hoy: el desespero llevado a Dios nunca es en vano.
El enemigo teme ese grito. No le teme a las palabras religiosas vacías, ni a las oraciones mecánicas, pero sí a un corazón quebrantado que clama con verdad. El diablo sabe que cuando una persona llega al final de sí misma y decide mirar hacia el cielo, algo poderoso está a punto de suceder. El grito de desespero rompe cadenas, despierta fe y abre puertas que parecían cerradas para siempre.
Llorar delante de Dios no es debilidad, es rendición. La Biblia nos recuerda que el Señor está cerca de los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu. Cada lágrima derramada en Su presencia tiene valor. Cada suspiro, cada gemido, cada clamor silencioso es escuchado. Dios no desprecia un corazón humillado; al contrario, lo abraza con misericordia.
A veces la duda cubre nuestros ojos como escamas, impidiéndonos ver las promesas de Dios con claridad. Sin embargo, aun cuando nuestra fe es pequeña, el clamor sigue teniendo efecto. No es la fuerza de nuestra fe lo que mueve a Dios, sino la sinceridad de nuestro corazón. Él responde no porque merezcamos algo, sino porque es bueno, fiel y misericordioso.
Clamar el nombre de Jesús es, en sí mismo, una declaración de esperanza. Su nombre tiene poder para liberar, sanar y restaurar. Cuando pronunciamos Su nombre en medio del dolor, estamos reconociendo que Él es nuestra última y mejor opción. No hay nombre más alto, más fuerte ni más cercano que el nombre de Jesús.
Este grito no siempre cambia las circunstancias de inmediato, pero sí transforma al que clama. Nos recuerda que no estamos solos, que hay un Dios que escucha, que ve y que actúa. Aun cuando la respuesta tarda, el clamor nos mantiene conectados con la fuente de vida. Nos sostiene cuando ya no podemos sostenernos a nosotros mismos.
Si hoy te encuentras en un punto de desespero, no reprimas ese clamor. No intentes aparentar fortaleza cuando tu corazón está cansado. Corre a los pies de Jesús y suelta ese grito. Él no se escandaliza por tu dolor, no se aleja por tus lágrimas, no te rechaza por tus dudas. Él te recibe tal como estás.
Que este canto sea un recordatorio de que aun en la noche más oscura, un solo grito puede marcar la diferencia. Un grito que atraviesa el cielo, que rompe el silencio y que declara: “Jesús, eres mi último remedio”. Y cuando Él es nuestro último remedio, también se convierte en nuestra mayor victoria.
Dios no mide nuestras oraciones por su duración ni por la perfección de nuestras palabras, sino por la honestidad con la que brotan del corazón. A veces una sola palabra, un suspiro o incluso un grito ahogado tiene más peso espiritual que largas oraciones repetidas sin conciencia. En esos momentos, cuando la voz tiembla y el alma duele, el cielo se inclina para escuchar. El Señor no ignora el clamor del afligido; Él responde conforme a Su voluntad perfecta, aun cuando nosotros no comprendamos el proceso.
Por eso, nunca subestimes el poder de un grito dirigido a Dios. Ese clamor puede ser el inicio de una restauración profunda, el punto de partida de una fe renovada o la antesala de un milagro silencioso. Aunque hoy no veas el resultado, confía en que Dios ya está obrando. Clama, llama a Jesús y descansa en la certeza de que Aquel que escucha tu grito es fiel para sostenerte, levantarte y guiarte hasta la victoria.