El viento está llamándonos
Al despertar a Su amor
En la oscuridad Tu luz vencerá
Eres nuestra esperanza
Pre-Coro:
Las esquinas de la tierra lo sabrán
La nación de Jesucristo brillará
Coro:
Resplandece Tu luz
Que todos vean Tu eterno amor
Te esperamos Jesús
Eres nuestra fuerza
Somos Tu iglesia
uoooh,
Eres nuestra fuerza
Somos Tu iglesia
Estrofa:
Queremos ser Tus manos y pies
Extendiendo Tu bondad
Al huérfano y al que solo está
Nunca vas a abandonar
Pre-Coro:
Las esquinas de la tierra lo sabrán
La nación de Jesucristo brillará
Coro:
Resplandece Tu luz
Que todos vean Tu eterno amor
Te esperamos Jesús
Eres nuestra fuerza
Somos Tu iglesia
uoooh,
Eres nuestra fuerza
Somos tu iglesia
uoooh,
Eres nuestra fuerza
Somos Tu iglesia
Puente (x4):
Eres Tú la piedra angular
Contra Ti nada prevalecerá
Sobre Ti la iglesia firme está
Jesús
Jesús
Coro:
Resplandece Tu luz
Que todos vean Tu eterno amor
Te esperamos Jesús
Eres nuestra fuerza
Somos Tu iglesia
uoooh,
Eres nuestra fuerza
Somos Tu iglesia
Esta canción es un llamado claro y profundo al despertar espiritual de la Iglesia. Desde la primera línea, “El viento está llamándonos”, somos confrontados con una realidad bíblica constante: Dios sigue llamando a Su pueblo, sigue soplando Su Espíritu, sigue despertando corazones que quizás se han acomodado o enfriado con el paso del tiempo. No se trata de un llamado emocional, sino de una invitación a volver al propósito original para el cual fuimos creados: reflejar Su luz en medio de la oscuridad.
La frase “Al despertar a Su amor” nos recuerda que todo verdadero mover de Dios comienza con un redescubrimiento de Su amor. No es el miedo, no es la obligación religiosa, ni siquiera el deber moral lo que transforma vidas de manera duradera, sino el amor de Cristo revelado en nosotros. Cuando la Iglesia pierde de vista ese amor, se vuelve una institución más; pero cuando despierta a Él, se convierte en un cuerpo vivo, activo y transformador.
La canción afirma con fuerza que “en la oscuridad Tu luz vencerá”. Esta declaración no es poética solamente, es una verdad espiritual inquebrantable. La luz de Cristo no compite con la oscuridad; simplemente la disipa. En un mundo marcado por la confusión, la injusticia, la soledad y el pecado, la Iglesia no está llamada a esconderse ni a mimetizarse con la cultura, sino a brillar con la luz de Jesús, una luz que sana, confronta y da esperanza.
El pre-coro amplía la visión: “Las esquinas de la tierra lo sabrán”. Aquí se nos recuerda el alcance global del Evangelio. La Iglesia no pertenece a una nación, a una cultura o a una generación específica. Somos parte de un Reino eterno, y nuestra misión es que el nombre de Jesucristo sea conocido hasta los confines de la tierra. Cada creyente, desde su lugar, es parte de ese plan eterno.
Cuando el coro declara “Resplandece Tu luz”, entendemos que no se trata de nuestra propia capacidad o talento. Es Su luz la que debe resplandecer a través de nosotros. La Iglesia no existe para exaltarse a sí misma, sino para reflejar a Cristo. Por eso la canción une dos verdades inseparables: Él es nuestra fuerza y nosotros somos Su iglesia. Sin Él no hay fuerza; sin nosotros, Él decide no manifestarse de la misma manera en la tierra.
La estrofa que habla de ser “Tus manos y pies” aterriza la adoración en acciones concretas. La verdadera adoración no termina en un canto, sino que se expresa en compasión, servicio y entrega. Al huérfano, al que está solo, al olvidado por la sociedad, Dios nos llama a extender Su bondad. La Iglesia no es un edificio ni un evento semanal; es un cuerpo en movimiento, activo en amor.
“Nunca vas a abandonar” es una promesa que sostiene tanto a quien sirve como a quien recibe. Dios no abandona a los que sufren, pero tampoco abandona a Su Iglesia cuando esta decide obedecer. En medio del cansancio, la oposición o la aparente falta de resultados, esta verdad nos recuerda que no caminamos solos.
El puente declara una de las verdades más sólidas de la fe cristiana: Cristo es la piedra angular. Todo lo que no está edificado sobre Él está destinado a caer. La Iglesia no se sostiene por estrategias humanas, popularidad o recursos, sino por Cristo mismo. Por eso la canción proclama con seguridad que contra Él nada prevalecerá. Ni el tiempo, ni el pecado, ni las tinieblas pueden vencer lo que está fundado en Jesús.
Repetir “Jesús” una y otra vez en el puente no es redundancia, es rendición. Es reconocer que todo gira en torno a Él. La Iglesia firme no es la que tiene más miembros, sino la que permanece anclada en Cristo, obediente a Su palabra y sensible a Su Espíritu.
Esta canción nos invita a examinarnos como Iglesia y como creyentes individuales. ¿Estamos resplandeciendo Su luz? ¿Estamos esperando activamente Su venida viviendo conforme a Su voluntad? ¿Somos realmente Sus manos y Sus pies en el mundo? La adoración que agrada a Dios siempre nos lleva a la acción, a la obediencia y a la transformación.
Que este canto no sea solo una melodía más, sino un compromiso renovado. Que podamos decir con convicción, no solo con palabras sino con nuestra vida: Él es nuestra fuerza y nosotros somos Su Iglesia. Y mientras esperamos a Jesús, que Su luz resplandezca a través de nosotros para que todos vean Su eterno amor.
Vivir como Iglesia implica también asumir responsabilidad espiritual en medio de un mundo herido. No podemos ignorar el dolor que nos rodea ni permanecer indiferentes ante la necesidad. La luz de Cristo no fue dada para ser escondida, sino para ser colocada en lo alto, donde pueda alumbrar a todos. Cada acto de amor, cada palabra de verdad y cada gesto de misericordia se convierten en un reflejo visible del Reino de Dios manifestándose en lo cotidiano.
Esperar a Jesús, como declara la canción, no significa quedarnos inmóviles mirando al cielo, sino vivir activamente conforme a Su carácter. La verdadera espera es una espera obediente, vigilante y llena de fe. Mientras aguardamos Su regreso, somos llamados a trabajar en Su obra, a cuidar unos de otros y a anunciar con nuestras vidas que Él sigue siendo la esperanza para un mundo cansado y sin dirección.
Cuando la Iglesia entiende que Cristo es su fuerza, deja de depender de sus propias capacidades y comienza a caminar en el poder del Espíritu Santo. Esto produce humildad, pero también valentía. Humildad para reconocer que sin Él nada podemos hacer, y valentía para enfrentar los desafíos, sabiendo que no luchamos solos. La fortaleza de la Iglesia no está en su tamaño ni en su reconocimiento, sino en su dependencia total de Dios.
Que esta reflexión nos lleve a una oración sincera: que el Señor despierte a Su Iglesia, que avive nuestro amor por Él y por las personas, y que nos permita resplandecer en medio de la oscuridad sin perder nuestra identidad en Cristo. Que cada día podamos vivir con la certeza de que somos Su Iglesia, edificada sobre la roca eterna, y que mientras haya aliento en nosotros, Su luz seguirá brillando a través de nuestras vidas.