Damos honor a Ti,
Damos honor a Ti
Creador de vida eres Tú,
Damos honor a Ti,
Damos honor a Ti
Porque no hay otro Dios Como Tú
Coro:
Rey de reyes, Admirable
Eres el principio y fin
Soberano y sublime
Eres nuestro Salvador
Estrofa:
Damos honor a Ti
Damos honor a Ti,
Porque no hay otro Dios Como Tú
Damos honor a Ti
Damos honor a Ti
Creador de vida eres Tú
Damos honor a Ti
Damos honor a Ti
Porque no hay otro Dios Como Tú
Coro:
//Rey de reyes, Admirable
Eres el principio y fin
Soberano y sublime
Eres nuestro Salvador//
Estrofa:
Damos honor a Ti
Damos honor a Ti
Porque no hay otro Dios Como Tú
Porque no hay otro Dios Como Tú
Porque no hay otro Dios Como Tú
Final:
Oh no,
No hay otro Dios que se compare a Ti
Oh oh oh
Eres mi Dios amoroso
Tu amor es para siempre
Para siempre
Oh oh oh
Uh
Una vida que reconoce la grandeza de Dios
Dar honor a Dios no consiste únicamente en pronunciar palabras de admiración durante una canción, levantar las manos en una reunión o repetir que Él es grande. Honrar al Señor es una respuesta integral del corazón ante la revelación de quién es Él. Cuando comprendemos que Dios es el Creador de la vida, el Rey de reyes, el principio y el fin, el Soberano y nuestro Salvador, entonces reconocemos que toda nuestra existencia debe estar orientada hacia su gloria.
La adoración verdadera comienza cuando dejamos de mirarnos a nosotros mismos como el centro de todo y contemplamos a Dios en su majestad. El ser humano suele vivir preocupado por sus necesidades, sus proyectos, sus temores, sus logros y sus fracasos. Sin embargo, al acercarnos al Señor, nuestra mirada cambia. Entendemos que nuestra historia no comienza con nosotros, sino con Dios; que nuestra vida no se sostiene por nuestras propias fuerzas, sino por su poder; y que nuestro futuro no está abandonado al azar, sino en las manos del Soberano.
Decirle a Dios: “Damos honor a Ti” es reconocer que solo Él merece ocupar el primer lugar. Muchas cosas compiten por nuestra atención y devoción. El dinero, el reconocimiento, la comodidad, las relaciones, el éxito y aun nuestros propios deseos pueden convertirse en pequeños dioses que reclaman nuestra lealtad. Pero ninguno de ellos puede crear vida, perdonar pecados, sostener el universo ni salvar el alma. Solo el Señor posee autoridad absoluta y dignidad infinita.
La Escritura nos enseña que todas las cosas fueron creadas por Dios y para Dios. Esto significa que nuestra vida encuentra su verdadero sentido cuando vivimos para Él. Fuimos creados para conocerlo, amarlo, obedecerlo y reflejar su carácter. Cuando intentamos vivir separados de su propósito, tarde o temprano experimentamos vacío, confusión y desorden. Podemos alcanzar muchas metas y, aun así, sentir que algo esencial nos falta. Esto sucede porque ninguna criatura puede ocupar el lugar del Creador.
El Creador de la vida
Reconocer a Dios como Creador de la vida transforma nuestra manera de vernos a nosotros mismos y de contemplar a los demás. Nuestra existencia no es un accidente. No somos el resultado de una casualidad sin propósito. Cada respiración, cada latido del corazón y cada nuevo amanecer son evidencias de que dependemos de Dios.
Él nos formó, nos conoce y comprende perfectamente nuestra fragilidad. Antes de que pronunciemos una palabra, Él ya sabe lo que hay en nuestro corazón. Conoce nuestros pensamientos, nuestras heridas, nuestros anhelos y aquellas luchas que nadie más puede ver. Nada de lo que vivimos le resulta desconocido.
Esta verdad debe producir humildad. No somos dueños absolutos de nuestra vida. Hemos recibido el tiempo, las capacidades, los recursos y las oportunidades como una administración temporal. Todo lo que tenemos procede de Dios y finalmente le pertenece. Por eso, honrarlo implica preguntarnos cómo estamos utilizando aquello que Él nos ha confiado.
También debe producir gratitud. Con frecuencia damos por sentado lo cotidiano. Nos acostumbramos a despertar, caminar, hablar, trabajar, compartir con nuestra familia y disfrutar de tantas bendiciones. Solo cuando algo nos falta comprendemos su verdadero valor. Pero una vida de adoración aprende a agradecer antes de perder. Reconoce la bondad de Dios en las cosas grandes y en los detalles aparentemente pequeños.
Cada día es un regalo. Tal vez no todos nuestros días sean fáciles, pero todos pueden convertirse en una oportunidad para conocer mejor al Señor. Incluso en medio del sufrimiento, Dios sigue siendo el dador y sustentador de la vida. Nuestra realidad puede cambiar, nuestras fuerzas pueden disminuir y nuestras circunstancias pueden volverse inciertas, pero su fidelidad permanece.
No hay otro Dios como Tú
Una de las afirmaciones más importantes de esta adoración es que no existe otro Dios comparable al Señor. Esto no es una expresión exagerada de entusiasmo religioso, sino una verdad fundamental de la fe. Dios es único. Nadie comparte su naturaleza, su poder, su sabiduría ni su gloria.
Los seres humanos pueden ser fuertes, pero su fuerza tiene límites. Pueden adquirir conocimiento, pero jamás alcanzarán la sabiduría perfecta. Pueden gobernar durante un tiempo, pero sus reinos terminan. Pueden prometer ayuda, pero no siempre tienen el poder para cumplirla. Dios, en cambio, nunca se debilita, nunca se equivoca y nunca pierde el control.
Él no necesita aprender, porque lo sabe todo. No necesita recibir consejo, porque su entendimiento es infinito. No necesita que alguien lo sostenga, porque existe por sí mismo. No fue creado ni comenzó a existir. Él es eterno, autosuficiente e inmutable.
Cuando decimos que no hay otro Dios como Él, también confesamos que no existe otro refugio semejante. Muchas veces corremos hacia personas, estrategias o recursos buscando la seguridad que solo Dios puede dar. Aunque Él utiliza medios y coloca personas en nuestro camino, nuestra esperanza final no debe descansar en las criaturas.
Las personas pueden decepcionarnos, pero Dios permanece fiel. Nuestros planes pueden fracasar, pero su propósito no será frustrado. Las puertas pueden cerrarse, pero su presencia continúa con nosotros. El mundo puede cambiar inesperadamente, pero el carácter del Señor es siempre el mismo.
Esta verdad ofrece descanso al alma. No necesitamos vivir dominados por el temor cuando sabemos quién gobierna. Tampoco necesitamos comprender cada detalle del camino para confiar en quien nos guía. La fe no significa que tenemos todas las respuestas, sino que conocemos al Dios que sí las tiene.
Rey de reyes
Llamar a Dios “Rey de reyes” es declarar que su autoridad está por encima de todo poder humano. Los gobiernos cambian, las naciones atraviesan crisis y los líderes aparecen y desaparecen, pero el trono de Dios permanece firme para siempre.
En ocasiones, el mal parece avanzar sin obstáculos. La injusticia prospera, los arrogantes se levantan y quienes aman la verdad pueden sentirse pequeños e indefensos. Sin embargo, la Biblia nos recuerda que ninguna autoridad es absoluta excepto la de Dios. Él permite que los seres humanos actúen por un tiempo, pero todos tendrán que rendir cuentas delante de su justicia.
El reinado de Dios no siempre se manifiesta según nuestras expectativas inmediatas. Podemos orar por una intervención y no verla en el momento deseado. Podemos pedir que una situación cambie y descubrir que el proceso se prolonga. No obstante, el silencio aparente de Dios nunca significa ausencia ni debilidad. El Rey sigue obrando, aun cuando no logramos percibirlo.
Honrar al Rey de reyes implica someternos a su voluntad. No podemos reconocer su soberanía con nuestros labios y al mismo tiempo vivir en una rebelión consciente contra sus mandamientos. La adoración y la obediencia no deben separarse. Jesús enseñó que quienes lo aman guardan su palabra.
Esto no significa que obedecemos para ganar el amor de Dios. El creyente obedece porque ha sido amado y transformado por la gracia. La obediencia es una respuesta agradecida, no un intento de comprar la salvación. Quien ha contemplado la misericordia del Rey desea agradarle, aunque todavía tenga que luchar contra sus debilidades.
Admirable en todo lo que hace
Dios es admirable no solamente por sus milagros extraordinarios, sino también por la perfección de su carácter. Su santidad es admirable, porque en Él no existe maldad. Su sabiduría es admirable, porque nunca toma una decisión equivocada. Su paciencia es admirable, porque soporta con misericordia a criaturas que tantas veces se rebelan contra Él. Su amor es admirable, porque se extiende hacia quienes no lo merecen.
A menudo admiramos a personas por su talento, inteligencia, belleza, disciplina o capacidad de liderazgo. Pero incluso las mayores virtudes humanas son reflejos limitados de aquello que en Dios existe de manera perfecta. Él no es admirable por comparación con otros, sino porque posee toda excelencia en sí mismo.
Contemplar a Dios produce reverencia. En una cultura que tiende a tratar todo de manera superficial, necesitamos recuperar el asombro delante del Señor. Dios es cercano, pero no es común. Es Padre para quienes están en Cristo, pero sigue siendo santo y glorioso. Podemos acercarnos con confianza, pero nunca con irreverencia.
Adorar es detenernos para recordar que estamos delante del Dios que hizo los cielos y la tierra. Es reconocer que su presencia merece nuestra atención completa. Es silenciar por un momento el ruido de nuestras preocupaciones para contemplar su grandeza.
Cuando perdemos la capacidad de admirarnos ante Dios, la vida espiritual se vuelve mecánica. Leemos la Biblia sin escuchar, oramos sin esperar, cantamos sin pensar y asistimos a reuniones sin hambre de su presencia. Por eso necesitamos pedirle que renueve nuestra visión, que abra los ojos de nuestro entendimiento y nos permita contemplar nuevamente la belleza de su gloria.
El principio y el fin
Dios estaba antes de todas las cosas y permanecerá cuando todo lo temporal haya terminado. Él es el principio y el fin, el origen y la meta de la historia. Nada existía antes que Él y nada podrá sobrevivir independientemente de su poder.
Para nosotros, el tiempo representa una limitación. No podemos regresar al pasado ni controlar completamente el futuro. Vivimos en el presente, llevando recuerdos de lo que ocurrió y preocupaciones por lo que podría suceder. Dios, en cambio, contempla toda la historia con conocimiento perfecto.
Él conoce nuestro comienzo y también nuestro final. Sabe cuántos días tendremos, qué pruebas atravesaremos y de qué manera cumplirá su propósito en nosotros. Esta verdad no elimina nuestra responsabilidad, pero sí nos libra de pensar que nuestra vida está fuera de control.
Tal vez en este momento estés atravesando una etapa que no comprendes. Podría parecerte que una parte de tu historia quedó inconclusa, que perdiste demasiado tiempo o que ciertas oportunidades nunca regresarán. Pero el Dios que conoce el final desde el principio todavía puede redimir tus años, utilizar tus experiencias y conducir tu vida hacia su voluntad.
Nada de lo entregado sinceramente al Señor es desperdiciado. Incluso los fracasos pueden convertirse en instrumentos de humildad. Las heridas pueden producir compasión. Las esperas pueden formar paciencia. Las puertas cerradas pueden protegernos de caminos que no convenían. Dios puede tomar aquello que parecía inútil y utilizarlo para su gloria.
Soberano y sublime
Confesar que Dios es soberano significa creer que Él gobierna sobre todas las cosas. No existe una parte del universo fuera de su dominio. Nada lo sorprende, nada derrota su propósito y nada puede obligarlo a actuar contra su naturaleza.
La soberanía de Dios es una de las doctrinas más consoladoras para el creyente. Nos recuerda que el dolor no tiene la última palabra, que la maldad no gobernará para siempre y que nuestra vida no está a merced de fuerzas impersonales.
Sin embargo, confiar en la soberanía divina puede resultar difícil cuando atravesamos situaciones dolorosas. Es sencillo declarar que Dios tiene el control cuando todo marcha bien. La verdadera confianza se manifiesta cuando continuamos creyendo en su bondad aun en medio de la enfermedad, la pérdida, la escasez o la incertidumbre.
La fe madura no niega el sufrimiento ni finge que no duele. Podemos llorar, hacer preguntas y expresar nuestra angustia delante de Dios. Los salmos están llenos de clamores sinceros. Pero aun en medio del lamento, el creyente puede afirmar: “No comprendo lo que haces, pero sé quién eres”.
Dios es sublime, elevado por encima de toda la creación, pero no permanece indiferente a nuestra realidad. Su grandeza no lo aleja de nosotros. Él se inclina para escuchar al quebrantado, fortalece al débil y acompaña al que atraviesa el valle.
Nuestro Salvador
La mayor razón para honrar a Dios no se encuentra solamente en que nos creó, sino en que decidió salvarnos. El ser humano no necesitaba únicamente dirección, inspiración o un mejor ejemplo. Necesitaba reconciliación con Dios.
El pecado nos separó del Creador y nos hizo culpables delante de su justicia. Ninguna obra humana podía borrar esa deuda. No podíamos salvarnos mediante esfuerzos religiosos, buenas intenciones o méritos personales. Por eso Dios hizo lo que nosotros jamás habríamos podido hacer.
Jesucristo vino al mundo, vivió en perfecta obediencia, murió en la cruz por los pecadores y resucitó victoriosamente. En la cruz vemos con claridad tanto la santidad como el amor de Dios. El pecado es tan serio que requirió el sacrificio del Hijo, pero el amor divino es tan grande que el Hijo estuvo dispuesto a entregarse.
Cuando llamamos a Dios “nuestro Salvador”, confesamos dependencia. No nos rescatamos a nosotros mismos. No llegamos a Él por ser mejores que otros. Fuimos alcanzados por gracia. Toda jactancia queda excluida y toda la gloria pertenece al Señor.
Esta salvación no consiste únicamente en escapar del juicio futuro. Cristo nos salva también del dominio del pecado, transforma nuestros deseos y comienza en nosotros una obra de santificación. Todavía luchamos, tropezamos y necesitamos arrepentirnos, pero ya no somos esclavos sin esperanza. El Espíritu Santo obra en nosotros para hacernos semejantes a Jesús.
Un amor que permanece para siempre
Todo amor humano, por sincero que sea, posee limitaciones. Las personas cambian, se cansan, se distancian y a veces no saben cómo responder a nuestras necesidades. El amor de Dios, en cambio, permanece para siempre.
Su amor no depende de nuestro rendimiento diario. Esto no significa que nuestra conducta sea irrelevante, sino que la base de su aceptación no se encuentra en nuestra perfección, sino en la obra de Cristo. Dios disciplina a sus hijos, corrige sus caminos y los llama al arrepentimiento, pero no los abandona.
Hay días en los que podemos sentirnos espiritualmente fuertes y otros en los que nos invade la debilidad. A veces oramos con fervor y en otros momentos apenas logramos pronunciar unas palabras. Pero la fidelidad de Dios no fluctúa con nuestras emociones.
Podemos descansar en su amor sin utilizarlo como excusa para pecar. Al contrario, cuanto más comprendemos su gracia, más deseamos vivir de una manera que lo honre. No obedecemos para lograr que Dios nos ame; obedecemos porque en Cristo hemos conocido un amor inmerecido e incomparable.
Honrar a Dios con todo nuestro ser
La canción puede terminar, pero la adoración debe continuar en la vida cotidiana. Damos honor a Dios cuando hablamos con verdad, cuando perdonamos, cuando servimos sin buscar reconocimiento y cuando mantenemos integridad aunque nadie nos esté observando.
Lo honramos al cuidar nuestra familia, cumplir nuestras responsabilidades, tratar con dignidad a los demás y utilizar nuestros dones para bendecir. También lo honramos cuando nos arrepentimos sinceramente, reconocemos nuestros errores y volvemos a Él.
No necesitamos estar sobre una plataforma para adorar. La cocina, la oficina, el aula, el automóvil, el hospital y el hogar pueden convertirse en lugares de adoración cuando nuestra vida se ofrece al Señor.
Dar honor a Dios significa entregarle no solo una parte, sino todo nuestro ser: nuestros planes, temores, relaciones, recursos, capacidades y futuro. Significa decirle: “Tú eres mi Dios y deseo que mi vida revele que no existe nadie comparable a Ti”.
Que esta verdad no se quede solamente en una melodía. Que cada día podamos contemplar al Creador de la vida, descansar en el Rey de reyes, maravillarnos ante el Dios admirable, confiar en aquel que es el principio y el fin, someternos al Soberano y agradecer profundamente a nuestro Salvador.
No hay otro Dios como Él. Ningún otro puede sostenernos de la misma manera, perdonarnos con tanta gracia, amarnos con tanta fidelidad y conducirnos hacia una esperanza eterna. Por eso, que toda la gloria, todo el honor y toda la adoración sean para el Señor, ahora y para siempre.