Letras Cristianas

Que se abra el Cielo

Christine D'Clario

Dios bienvenido a este lugar
Y en nuestro corazón
Ven y haz tu voluntad.

Dios te queremos conocer
Con tu fuego abrazador
Ven y muévete otra vez

Coro:
Espíritu, avívanos
Te anhelamos Dios
uuuh uhhhh

Estrofa:
Ante tu gloria y majestad
Sabemos que estás
Para darnos libertad.

Entrónate en nuestra adoración
Asombroso eres Señor
Con tu presencia llénanos

Coro:
///Espíritu, avívanos
Te anhelamos Dios///


//(ooouuooooh) (ooohh ooooh)
(ooohh ooooh)
(ooohh ooooh)//

Puente:
//Que se abra el cielo
Muévete Señor
Venga aquí tu reino
Oh gran Dios//

Puente:
//Que se abra el cielo (No hay cielo cerrado se abre)
Muévete Señor (Tu reino se mueve aquí)
Venga aquí tu reino (En Ti está nuestra esperanza)
Oh gran Dios (Oh gran Dios, Oh gran Dios)//

Puente:
//No hay cielo cerrado se abre
Tu reino se mueve aquí
En Ti está nuestra esperanza
Oh gran Dios, Oh gran Dios//


(ooouuooooh) (ooouuooooh)
(ooouuooooh) (ooouuooooh)
(ooouuooooh) (ooouuooooh)

(Levanta tu clamor)


(ooouuooooh) (ooouuooooh)
(ooouuooooh) (ooouuooooh)
(ooouuooooh) (ooouuooooh)


Esta canción no comienza con una petición complicada ni con una larga explicación teológica; comienza con algo profundamente sencillo y, a la vez, poderosamente transformador: una bienvenida. “Dios bienvenido a este lugar y en nuestro corazón” es una declaración que va mucho más allá de un canto congregacional. Es una postura del alma. Es reconocer que la presencia de Dios no se da por sentada, sino que se honra, se anhela y se recibe con reverencia. Cuando invitamos a Dios a un lugar —sea un templo, una casa o nuestro interior— estamos confesando que sin Él nada tiene verdadero sentido.

Dar la bienvenida a Dios implica rendir el control. Decir “ven y haz tu voluntad” es una de las oraciones más desafiantes que un creyente puede hacer, porque significa soltar planes, agendas y expectativas personales para alinearse con los propósitos del cielo. No se trata solo de que Dios nos visite, sino de permitirle gobernar. Su voluntad no es una imposición dura, sino el diseño perfecto de un Padre que sabe exactamente lo que necesitamos, aun cuando nosotros no lo comprendemos del todo.

La canción continúa con un clamor profundo: “Dios, te queremos conocer”. No conocer de oídas, no conocer por tradición, sino conocer de manera íntima y real. Este anhelo revela que la fe no es una rutina vacía, sino una relación viva. Conocer a Dios es experimentar su carácter, su amor, su santidad y también su fuego abrazador, ese fuego que no destruye, sino que purifica, restaura y despierta lo que estaba dormido.

Cuando clamamos “Espíritu, avívanos”, estamos reconociendo que muchas veces la vida espiritual se enfría. El afán diario, las preocupaciones, el cansancio y las decepciones pueden apagar la pasión por Dios. El avivamiento comienza en el corazón antes de manifestarse en multitudes. Es una obra del Espíritu Santo que nos recuerda quiénes somos, a quién pertenecemos y para qué fuimos llamados. No es emoción pasajera; es vida renovada.

La libertad que se menciona en la canción no es una libertad superficial. Es la libertad que solo se experimenta ante la gloria y majestad de Dios. En su presencia, las cadenas se rompen, las cargas se alivian y las mentiras pierden su poder. Allí entendemos que no fuimos creados para vivir oprimidos por el miedo, la culpa o la condenación, sino para caminar como hijos amados, restaurados y llenos de esperanza.

“Entrónate en nuestra adoración” es una frase que nos recuerda que la adoración no gira en torno a nosotros, sino a Él. Cuando adoramos, levantamos un trono espiritual donde Dios reina. No se trata de la perfección de la música ni de la intensidad del canto, sino de un corazón rendido. Dios se manifiesta con poder donde hay adoración sincera, donde Él es exaltado por encima de todo.

El clamor del puente —“Que se abra el cielo”— expresa un deseo eterno de la humanidad: ver el cielo intervenir en la tierra. No hay cielo cerrado cuando el pueblo de Dios ora con fe. El reino de Dios no es un concepto distante; es una realidad que se mueve aquí y ahora. Donde el reino llega, hay justicia, paz, sanidad y restauración. Allí donde antes había vacío, comienza a florecer la esperanza.

Decir “En Ti está nuestra esperanza” es una confesión poderosa en un mundo lleno de incertidumbre. Las esperanzas humanas fallan, los sistemas se quiebran y las fuerzas se agotan, pero Dios permanece firme. Nuestra esperanza no está en las circunstancias, sino en Aquel que gobierna sobre ellas. Cuando levantamos nuestro clamor, no lo hacemos desde la desesperación, sino desde la confianza en un Dios fiel.

Los momentos instrumentales y los sonidos sin palabras en la canción nos recuerdan que no todo se expresa con lenguaje humano. Hay oraciones que solo se pueden elevar desde lo profundo del espíritu. A veces no sabemos qué decir, pero el clamor del corazón es suficiente. Dios escucha incluso aquello que no podemos articular, porque Él mira la intención, no solo las palabras.

Esta canción nos invita a algo más que a cantar: nos llama a abrir el corazón, a levantar el clamor y a permitir que Dios se mueva nuevamente en nuestras vidas. Es un recordatorio de que el avivamiento personal es posible, que el cielo sigue abierto y que el reino de Dios continúa avanzando. Cuando decimos “Oh gran Dios”, reconocemos su grandeza, pero también su cercanía. Él es grande, sí, pero también habita con los humildes y los que le buscan de verdad.

Que esta adoración no termine con la música, sino que se extienda a nuestra forma de vivir. Que cada día podamos decir con convicción: Dios, bienvenido a este lugar… bienvenido a mi corazón.

Cuando levantamos nuestro clamor delante de Dios, también estamos declarando dependencia total. Reconocemos que no podemos producir transformación por nuestras propias fuerzas. El mover del Espíritu no se fabrica ni se manipula; se recibe con humildad. Dios responde a los corazones rendidos, a los que reconocen su necesidad y se presentan tal como están, sin máscaras ni pretensiones. Allí, en ese lugar de honestidad, el Espíritu comienza a obrar con libertad.

Este clamor colectivo también nos recuerda que no caminamos solos. La iglesia no es solo un edificio, sino un pueblo que anhela la manifestación de la presencia de Dios. Cuando juntos decimos “muévete Señor”, estamos alineando nuestras voces y corazones con un mismo propósito. En la unidad, el cielo se abre y el reino se manifiesta con mayor claridad. Dios se mueve poderosamente cuando su pueblo le busca en un mismo espíritu.

Asimismo, esta adoración nos confronta con una pregunta esencial: ¿estamos dispuestos a ser transformados por aquello que pedimos? Pedir avivamiento implica aceptar el cambio, permitir que Dios quite lo que estorba y renueve lo que se ha desgastado. El fuego del Espíritu no solo consuela, también purifica. Y aunque ese proceso a veces incomode, siempre produce vida, fruto y madurez espiritual.

Que este clamor no sea solo un momento emotivo, sino un estilo de vida. Que cada día podamos vivir conscientes de que el cielo sigue abierto, que el reino de Dios se sigue moviendo y que nuestra esperanza permanece firme en Él. Al salir de este tiempo de adoración, llevemos su presencia a cada lugar donde vayamos, siendo testigos vivos de un Dios que se mueve, restaura y reina para siempre.

Salir de la versión móvil