Eres hermoso y radiante
Y me haces más como Tú
Mi amado salvador que descendió
Murió para que viva yo.
Qué asombroso y glorioso
Me haces amar más como Tú
Mi amado salvador que descendió
Murió para que viva yo
Y cantaré nueva canción
Yo cantaré nueva canción
Coro:
Amo en libertad
Canto en libertad
Amo en libertad
Pues me amaste a mí
Estrofa:
Tu amor por mí Señor
Me enseña a dar amor
Cada día más
Y me cargas en Tu paz
Cantando la historia de libertad
Y cantaré nueva canción
Yo cantaré nueva canción
Coro:
//Amo en libertad
Canto en libertad
Amo en libertad
Pues me amaste a mí//
Puente:
No puedo explicar cómo por tu gran bondad
Me cambiaste y diste libertad
No hay otro amor igual que el que Tú me das
Y Tu amor viertes en mí hasta desbordarse
Lo viertes en mí hasta desbordarse
Lo viertes en mí
Coro:
//Amo en libertad
Canto en libertad
Amo en libertad
Pues me amaste a mí, (me amaste a mí)//
//Llévame a donde Tu llama quemará
Y tu rostro se verá y seré más como Tú//
Coro:
//Amo en libertad
Canto en libertad
Amo en libertad
Pues me amaste a mí oh, (me amaste a mí)//
Reflexión: Amo en libertad porque Él me amó primero
El amor en libertad no es un concepto superficial ni una emoción pasajera; es una realidad que nace del corazón transformado por el evangelio. Decir “amo en libertad” implica reconocer que hubo un tiempo en el que no éramos libres para amar correctamente. El pecado distorsiona el amor, lo vuelve egoísta, condicionado y frágil. Solo cuando somos alcanzados por el amor redentor de Cristo, aprendemos a amar sin cadenas.
La hermosura y la gloria de Cristo no se limitan a su majestad divina, sino que se revelan con mayor profundidad en su humillación voluntaria. El Salvador descendió, se hizo hombre y murió para que nosotros vivamos. Esta verdad, tan repetida en la fe cristiana, nunca deja de ser asombrosa. No fue un acto impulsivo ni simbólico; fue una entrega real, costosa y definitiva. Nuestra vida espiritual comienza en la cruz.
Ser hechos “más como Él” no es el resultado de un esfuerzo moral, sino de una obra transformadora. La santificación cristiana no es imitación externa, sino conformación interna. Cristo no solo nos da un ejemplo a seguir, sino una nueva naturaleza. A medida que contemplamos su amor, su carácter comienza a reflejarse en nosotros de manera progresiva.
La nueva canción que brota del corazón redimido no es simplemente una melodía distinta, sino una vida renovada. En la Escritura, cantar una nueva canción está asociado con una nueva obra de Dios. El que ha sido libertado no puede permanecer en silencio. La alabanza no es una obligación litúrgica, sino una respuesta natural a la gracia recibida.
Amar y cantar en libertad es posible porque primero fuimos amados. Esta verdad confronta la idea de que el amor nace de nosotros. El evangelio afirma lo contrario: amamos porque Él nos amó primero. Todo intento de amar sin haber recibido ese amor está destinado al agotamiento. Solo el amor que fluye desde la gracia puede sostenerse en el tiempo.
El amor de Dios no solo nos consuela, también nos enseña. Nos enseña a dar amor cuando no es correspondido, a perdonar cuando duele y a permanecer cuando sería más fácil huir. Este aprendizaje no ocurre de la noche a la mañana. Es un proceso diario en el que Dios va moldeando nuestro corazón conforme al suyo.
Ser cargados en su paz es una experiencia profundamente liberadora. La paz de Cristo no es ausencia de conflicto, sino descanso en medio de él. Vivimos en una época marcada por la ansiedad, el temor y la prisa constante. En contraste, la paz que Dios ofrece guarda el corazón y la mente, recordándonos que nuestra vida no está a la deriva, sino sostenida por su amor fiel.
La historia de libertad que cantamos no es una narrativa humana de autosuperación, sino un testimonio divino de redención. La libertad cristiana no consiste en hacer lo que queremos, sino en ser libres para hacer lo que fuimos creados para hacer. Antes, el pecado gobernaba nuestras decisiones; ahora, la gracia nos capacita para vivir conforme a la voluntad de Dios.
Reconocer que no podemos explicar completamente la bondad de Dios es una confesión de humildad. El amor de Dios supera nuestra capacidad de comprensión. Podemos describirlo, predicarlo y cantarlo, pero nunca agotarlo. Su gracia no se limita ni se dosifica; se derrama hasta desbordarse en aquellos que confían en Él.
Ese amor desbordante no se queda estancado. Dios vierte su amor en nosotros para que fluya hacia otros. La libertad que recibimos no es solo personal, sino relacional. Somos llamados a amar en libertad en nuestras familias, comunidades e iglesias, reflejando el carácter de Cristo en un mundo quebrantado.
La invitación a ser llevados donde su llama quema no es un llamado al sufrimiento vacío, sino a la purificación. El fuego de Dios no destruye al creyente; lo refina. En su presencia, lo superficial es consumido y lo eterno permanece. Allí, el rostro de Cristo se vuelve más claro y nuestra vida más alineada con la suya.
Ser más como Cristo es el anhelo supremo de la vida cristiana. No se trata de perder identidad, sino de encontrarla. En Él descubrimos quiénes fuimos realmente creados para ser. Cuanto más lo conocemos, más libres somos; y cuanto más libres somos, más auténtico es nuestro amor.
Amo en libertad porque ya no estoy definido por mi pasado, mis fracasos o mis temores. Amo en libertad porque la culpa ya no gobierna mi corazón. Amo en libertad porque el amor de Dios no me esclaviza, me restaura.
Que esta verdad marque nuestra vida diaria: no amamos para ser aceptados, amamos porque ya hemos sido aceptados en Cristo. No cantamos para impresionar, cantamos porque la gracia nos alcanzó. Y no vivimos en libertad por mérito propio, sino porque Él nos amó primero.
Que nuestra vida entera sea esa nueva canción: una existencia que ama, canta y vive en libertad, como respuesta agradecida al amor eterno de Dios.
